Magda la violinista.
Abril 2010
Aquella mañana no hacía frío. El sol no tenía demasiada fuerza pero el viento del norte se había tomado un descanso. Como muchas otras mañanas en las que el invierno se tomaba una tregua el rincón de la Plaza del Mercado era tomado por un marionetista que sobre una manta a modo de escenario ofrecía el concierto de Magda, la gran violinista.
Magda tenía un pelo moreno hirsuto, sus ojos ovalados y enormes destacaban sobre unos pómulos con colorete y una piel nacarada, y sus rápidas y delicadas manos se movían a toda velocidad sobre su pequeño violín. Junto a ella, enroscado en una pequeña cesta, descansaba Rufo, su gato persa.
A Román le encantaba la interpretación de Magda. Le sorprendía que ni siquiera pestañeara mientras ofrecía su función. Y casi envidiaba la respetuosa quietud que Rufo manifestaba junto a su dueña. Por eso cada mañana, al volver del colegio, intentaba convencer a su padre, que siempre accedía, para que dieran un pequeño rodeo y pasaran por la Plaza del Mercado.
Al llegar allí, el padre de Román le daba a éste una moneda y el niño, apretando el puño, se acercaba al círculo de espectadores hasta conseguir ocupar la primera fila. El ritual de Román, que se repetía cada día, duraba tan solo unos minutos y acababa con la entrega de la moneda a los pies de Rufo. En su breve camino Román mantenía la increíble mirada agradecida de la artista, que seguía sin pestañear. Después corría hacia su padre sonriendo para ir a casa agarrados de la mano.
Durante el espeso diciembre apenas si habían visto a Magda en un par de ocasiones. La lluvia y el helado ambiente habían impedido celebrar más conciertos. Pero aquella mañana al cruzar la esquina de La Calleja ya divisaron el pequeño tumulto que significaba la presencia de la apreciada instrumentista. Las notas de Mozart atraían a Román que alargó su mano para recibir la moneda y salir volando a enfrentarse con los enormes ojos de Magda.
Unos segundos después estaba apostado a unos metros de la intérprete, en primera fila. Como siempre, Rufo seguía impertérrito mientras su dueña desgranaba las notas de su hermoso sonido.
Atraído por la quietud de Rufo no pudo ver qué pasó exactamente, solo sintió una especie de alarma que hizo eco en su corazón, acompañada de un murmullo del público apenas perceptible, y que solo comprendió cuando elevó la mirada y se fijó en Magda: el hilo que sostenía su cabeza se había partido y la violinista seguía ejecutando sus movimientos con la cabeza echada hacia atrás, en un gesto imposible.
Más que ninguna otra cosa, fue la sorpresa dibujada en el rostro de Román la que alertó al titiritero. Éste se fijó en Magda y poniendo cara de circunstancias y, con una sonrisa que pretendía ser una petición de disculpas, se dio la vuelta arrastrando con él a la concertista. Tardó tan solo un minuto en atar los dos cabos del hilo roto. Mientras tanto la música del violín, como por arte de magia, seguía sonando.
Preso del asombro, Román se fijó además en que Rufo ni siquiera se había inmutado.
El titiritero se volvió hacia el público y Magda recuperó su posición protagonista. Sus manos parecían moverse a más velocidad y su cabeza, recuperada de su fatal inercia y ligeramente más elevada que antes, dado que el nudo había recortado la longitud del hilo que la sostenía, mostraba un orgullo que casi logró intimidar a Román.
La pieza de Mozart finalizó y Magda hizo una gran reverencia. Unos segundos después el público se había dispersado pero Román seguía sentado en el suelo, en el mismo sitio, sin moverse. Miraba a Magda y a Rufo sin saber qué esperar.
La llamada de su padre le obligó a volver a la realidad. Con un ademán se indicaba que dejara la moneda a los pies de las marionetas y volviera. La impresión aún agarrotaba a Román que obedeció a su padre con cierta lentitud. Al acercarse Magda culminó su reverencia y recuperó la verticalidad. Le pareció que sus ojos interpretaban una mirada más altiva que nunca y que no le sonreía como otras veces. Volvió despacio hacia su padre y cuando éste tomó su mano y le preguntó qué le pasaba le respondió un lacónico nada.
Iba callado y cabizbajo, sintiendo que a él también se le había roto algún hilo en el pecho.
Sobrecogido aún por algo que no acababa de entender del todo le preguntó a su padre el significado de una palabra que le había oído varias veces y que hasta ahora no le había llamado la atención: le preguntó qué era una marioneta.

Comentarios
¿Quieres decirnos algo?