El naufrago
Febrero 2010
La sargento Palacios sentía el cansancio propio de haberse pasado la mayor parte de la noche recopilando toda la sorprendente información que había ido acumulando e intentando acomodar las piezas de un puzzle cuyo contenido aún carecía de sentido. Al entrar en el Hospital Universitario saludó a los empleados de admisión antes de dirigirse a la UVI subiendo las escaleras.
– ¿Alguna noticia sobre el paciente? – dijo al llegar a una enfermera mientras apuntaba con el dedo al herido que yacía al otro lado del cristal.
– Sin cambios, lo que no deja de ser una buena noticia. –
Aparentemente eso era cierto: para los enfermos en coma el tiempo era un aliado. Las quemaduras en brazos y espalda y, sobre todo, el orificio de bala en la cabeza habían hecho pensar en un fatal desenlace pero, tras dos operaciones de urgencia, ya no se temía por su vida. Seguía, eso sí, en coma desde que llegó, hacía ya cuatro días.
Según todos los indicios el disparo había sido hecho desde la boca y le había atravesado la parte posterior de la cabeza. Que no hubiera muerto solo podía deberse a un caprichoso azar. Había sido encontrado flotando en el mar, en medio de la niebla, por un pesquero que volvía a puerto y aparentemente podían haber transcurrido casi tres horas desde que se produjo el “accidente” hasta que llegó a urgencias.
Desde entonces se habían barajado todo tipo de hipótesis que daban explicación, que no sentido, al hecho de que en aquel momento tuvieran en sus manos el caso de un hombre que había recibido un disparo pretendidamente mortal y que, presumiblemente, después había sido pasto de las llamas.
Se acercó un poquito más a la burbuja que conformaba la UVI y saludó con un débil gesto de la mano al policía que hacía guardia, que estaba allí porque el comisario Damas, contrariado con el caso, había dicho “quiero vigilancia veinticuatro horas hasta que se aclare un poco más toda esta mierda”. Entró por la zona de reanimación hasta aproximarse al paciente con lentitud, como si no quisiera despertarle. Observó su rostro inexpresivo pero intuyó que se trataba de un tipo sereno, con personalidad, elegante. Abrió la carpeta que traía bajo el brazo y esparció sobre la cama la documentación que contenía. Eligió varias fotografías y las comparó con él.
– Caliente, caliente, pero aún no sé exactamente quién eres, – le dijo con voz muy baja.
El departamento de investigación criminal era el encargado de buscar la identidad del “náufrago”, como ya le llamaba casi todo el mundo por allí, pero no iba a ser fácil ni rápido: las quemaduras habían destruido sus huellas digitales y, por supuesto, no había documentación ni signo externo que diera pistas; tampoco ninguna placa dental. De momento seguían abiertas dos líneas de análisis: las pruebas de ADN y las posibles denuncias de desaparición que se recibieran en los registros policiales.
Con la víctima en coma el mejor consejo era tomárselo con calma. Pero ella no quiso hacerlo. Esperar no era la solución. Los médicos ya habían advertido que no podían asegurar cuánto duraría la espera, ni tampoco el resultado de la misma: de momento no podían medir los daños cerebrales, y además éstos podían ser irreparables.
Por eso había recurrido a Jaime. Ya le había ayudado otras veces. Desde luego cualquier tema que tuviera que ver con la informática no tenía secretos para él. Y ella no tenía que pagar precio por disponer de sus valiosos recursos.
Sin embargo no tenía muchas esperanzas de sacar fruto de la relación con su amigo pues, aparte de comentarle la posible vinculación que el paciente tenía con el mar, solo pudo entregarle una copia de las grabaciones de las intervenciones quirúrgicas a las que había sido sometido y en las que, fatalmente, solo en una ocasión se le veía el rostro, y siempre con los ojos cerrados. Por eso Jaime preguntó cuál era el color de sus ojos; después solo dijo que le llamaría cuando descubriera algo.
Fue dos días después. Si hasta entonces había creído que era insólito que siguiera sin registrarse ninguna denuncia de desaparición, más aún que el trabajo del departamento de investigación no hubiera dado ningún fruto, en ese momento el primer lugar en el ranking de lo sorprendente pasó a ser lo que le había entregado su amigo: papeles y fotografías que aportaban datos de dos distintas personas que, sorprendentemente, tenían el mismo rostro.
Jaime había encontrado a dos personas que tenían en común su edad, cincuenta años, y su rostro: Ernesto San Juan, empresario almeriense, casado, con tres hijos de veintiséis, veintitrés y diecisiete años y Arturo Román, marchante de arte, con domicilio en Valladolid, casado y con una hija de quince años. Ambos tenían el rostro del hombre que tenía frente a ella, inconsciente sobre una cama de hospital.
¿Quién era el náufrago: San Juan, Román, ambos? Como no todo estaba resuelto decidió no contar aún nada de lo que sabía y prefirió profundizar en la investigación por su cuenta. Volvió a meter todos los papeles en la carpeta y se fue con la mano en el móvil, buscando un número de teléfono.
Palacios sabía que no podía ponerse en contacto con las comisarías correspondientes sin dar explicaciones y, sobre todo, sin poner en conocimiento de Damas la razón de sus indagaciones. Pero tener amigos hasta en el infierno era un acertadísimo dicho popular y conseguir que te deban favores un arte que ella dominaba a la perfección. Fermín Pueyo, sargento de la Guardia Civil destinado en Madrid, era uno de esos amigos deudores. Tenía acceso a datos de todas las comandancias y podía confiar en su silencio. Como siempre se hizo de rogar un poquito pero acabó aceptando un encargo cuyo resultado sería un trabajo limpio y, lo que era mejor aún, sin preguntas.
Eran algo más de las ocho de la tarde cuando Palacios se apostó junto al fax en el que iba a recibir las respuestas que el sargento Pueyo había obtenido de las comandancias de la Guardia Civil en Almería y Valladolid. Aún no había leído ni un par de párrafos cuando Damas chilló desde la puerta de su despacho: ¡Palacios! ¡El muerto ha resucitado! ¡Al hospital cagando leches!
Dobló los folios como pudo y los escondió de la vista de Damas metiéndolos en el bolsillo interior de su cazadora tejana. Diez minutos después llegaban al hospital donde fueron recibidos por el doctor López, el neurocirujano que había operado por dos veces al naufrago. Mientras se acercaba no les dirigió ninguna mirada, ninguna sonrisa, ningún otro tipo de comunicación gestual que les permitiera anticipar lo que de forma aséptica les dijo. El resumen era que el paciente había salido del coma pero aún era pronto para diagnosticar la situación. No había hablado y apenas si había abierto los ojos y había movido algún músculo antes de sumirse en un sueño natural. Había que tener en cuenta que el paciente había pasado por un intenso desgaste vital del que solo el tiempo podía recuperarle. El descanso era el mejor tratamiento y había que esperar.
La situación del enfermo parecía no haber cambiado: con los ojos cerrados e inmóvil, solo la ausencia de algún cable daba noticias sobre su nuevo estado.
- Vamos a esperar hasta mañana. Vete a dormir unas horas pero antes apriétales las clavijas a los de Investigación. A primera hora te quiero aquí para interrogarle en cuanto abra el ojo. Mañana tenemos que tener resultados sin falta –, observó Damas en tono amenazador.
- Bueno –, confesó ella a medias, – yo también he hecho mi trabajo y tengo alguna pista, aunque no sé aún quién es. Pero él nos lo aclarará todo.
Ya en su casa volvió a poner sobre la mesa toda la información que poseía e hizo tres grupos. En la parte más alejada de la mesa puso las fotografías del enfermo con los datos recogidos por la brigada en la investigación. Debajo, a derecha e izquierda, los referidos a cada una de las posibles identidades. Repasó pormenorizada y concienzudamente fotografías, fechas, expedientes académicos, altas y bajas en la seguridad social, registro de propiedades, certificados de últimas voluntades, empresas, números de cuentas bancarias, personas relacionadas, noticias de prensa, y todos y cada uno de los documentos. Varias horas después, exhausta, se tumbó sobre la cama con la certeza de que se trataba de dos personas distintas, o tres, con el mismo rostro y sin nada más en común.
Y fue entonces, cuando pensó que nada tenían en común, a punto de desfallecer, cuando algo hizo que saltara sobre la cama y volviera a enfrentarse con los señores San Juan y Román. Efectivamente, no había ninguna coincidencia. Hasta ahí todo era normal pero Palacios tenía una pregunta y buscó la posibilidad de una respuesta. Cuanto más lo pensaba más segura estaba y las biografías no impidieron que su conjetura fuera posible: no solo eran distintas, sino que pertenecían a dos hombres con la misma edad que jamás habían estado en el mismo sitio, ni habían hecho lo mismo en el mismo momento; así pues se trataba de dos biografías complementarias que podían sumarse sin ninguna repetición.
- Es decir –, se dijo Palacios a sí misma en un intento de confirmar sus conclusiones, – podía tratarse de la misma persona, de alguien con una vida doble: dos trabajos, dos casas, dos familias. –
Apenas si pudo conciliar el sueño un par de horas. Cuando llegó al hospital Damas ya estaba allí y no hacía falta ser muy hábil para saber, aún sin haber hablado con él, que estaba de un humor de perros. Sin embargo su enfado no se debía a que ella hubiera llegado más tarde que él sino a que ya había hablado con los médicos y estos le habían dicho que el náufrago sufría amnesia total sin que pudieran delimitar si podría recuperar su memoria parcial o totalmente, ni si lo haría pronto o nunca.
- Tú dijiste que tenías pistas, – le espetó antes de irse, – y yo quiero pruebas sobre mi mesa a lo largo de la mañana. Sin falta, – añadió con un volumen cercano al susurro y mirándola fijamente a los ojos.
Volvió a casa con la sensación amarga de la frustración. Si el náufrago no hablaba ella no podría disipar sus dudas.
Intentando encontrar más pistas, mientras desayunaba un café y unas galletas que antes no había podido tomar, decidió matar su curiosidad hurgando en la multitud de movimientos de cuentas bancarias que Fermín Pueyo le había aportado. Si alguna duda podía albergar respecto a que se trataba de la misma persona acabó por disiparlas todas: había muchos movimientos, todos en efectivo, y todos de cantidades no exageradas que salían de las cuentas del empresario y en la misma fecha, o en los días siguientes, entraban en las del marchante. Nunca coincidían las cifras parciales ni las cuentas, pero sí el origen, el destino y la suma total. Al final, al cabo de los dos últimos años la suma total trasferida superaba el millón de euros. Otra de las curiosas diferencias era que no había seguros a nombre del señor Román y sí a nombre del empresario almeriense, sin embargo éste no había hecho testamento y sí aquel, a favor de su esposa.
Volvió a meter cada uno de los papeles en el dossier que a cada personaje le correspondía antes de dirigirse a comisaría. Decidió ir andando, caminar podía sentarle bien y un poco de aire fresco permitiría enfriar las ideas que bullían en su cabeza.
Antes, casi de camino, se desvió hacia el hospital. Subió con reticencias pues no estaba segura de querer hablar con alguien que hasta ahora solo había sido un dossier con datos, pero quería agotar una última posibilidad de acercarse a la persona que se escondía detrás de aquellos dos nombres antes de entregar su informe.
Golpeó la puerta levemente con los nudillos antes de entrar con sigilo y ver que el náufrago estaba despierto. Él la miró con ansiedad, buscando un imposible reconocimiento. Estaba demacrado y aún inmóvil, pero sus ojos habían recuperado su vida y con ellos el resto. Además parecía triste. Ella se acercó sonriendo y se presentó.
- ¿Viene a decirme quien soy? – A la sargento Palacios aquella voz grave, densa y lenta le pareció la de un hombre tranquilo y que respondía a la imagen que de él se había formado.
- Aún no lo sabemos, – mintió después de dudar sobre qué decirle exactamente y se sintió responsable de la sombra de tristeza que su contestación había añadido a su ya lánguida mirada.
- No recuerdo nada, – confesó. – ¿Nadie ha preguntado por mí? – Dijo tras una pausa poblada de angustia.
- No se preocupe, – intentó evitar más dolor, – no tardaremos en saber quién es, – añadió para tranquilizarle.
- Es posible que un nombre sirva para causarme más ansiedad, pero cualquier cosa es mejor que esta horrible incertidumbre. ¿Se da cuenta? No sé si tengo una familia. Puedo amar a una mujer a quien ahora ni siquiera recuerdo.
Palacios no supo qué decir y solo pronunció un par de frases más buscando serenarle antes de irse. Le llamó la atención que un hombre herido, con amnesia, no preguntase por qué estaba allí, qué le había pasado, y sí hiciera referencia a una posible familia, a una mujer. Se sintió cercana a él, le cayó bien. Sintió en el pecho algo que reconoció inmediatamente: notó la aguda punzada de la conciencia porque supo que la duda ética se había instalado en su pecho. Solo tenía algunas conjeturas y antes de tomar una decisión necesitaba estar un poquito más cerca de la realidad.
Se sentó en un banco del Parque de Aviación y tomó su móvil. Buscó entre los documentos que tenía los números de los teléfonos que necesitaba. Marcó uno de ellos y poco después tuvo la oportunidad de preguntar por Ernesto San Juan a una mujer lacónica, hermética, que dijo poco más que su marido no estaba en ese momento. Cuando colgó empezó a dibujarse en sus labios una tímida sonrisa. Marcó el otro número y esta vez preguntó por Arturo Román. Al otro lado encontró primero la desconfianza propia de la sorpresa pero después notó claramente los síntomas de la preocupación.
En los diez minutos que tardó en llegar a la comisaría le dio tiempo a acabar de diseñar el cuadro que se componía en torno a la vida del naufrago, del señor San Juan / Román. Su decisión posiblemente no iba a ser justa pero dejó en manos del azar, y de la posible recuperación total de la memoria del paciente el final de la historia. Ella quería apostar por un decorado parcial a sabiendas de que no debería estar en su mano decidir sobre el futuro de nadie. Pero nadie sabía lo que ella realmente conocía.
Ajena a la certeza, su intuición la aproximaba a los posibles motivos por los que una de las identidades había recibido un ataque casi mortal. No así la otra. Pese a ello, una hora después, entró en el despacho del comisario para entregar un informe en el que no se facilitaban respuestas sobre los motivos del frustrado homicidio ni pistas sobre los autores, simplemente se facilitaban los datos del naufrago, de Arturo Román, de su esposa y de su hija.

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