El granito de arena
Noviembre 2009
Era un puntito apenas, una porción minúscula de mole rocosa donde llevaba preso tantos años, al acecho de una oportunidad que le deparara la gloria de huir. Pero sólo un milagro podría liberarle de su encierro. Los días pasaban y la ansiada libertad parecía cada vez más lejos. Con sus escasas fuerzas jamás podría escapar, jamás lograría romper los barrotes de su estrecha prisión. El mundo que había más allá de los picachos de la sierra le estaba vedado, ese mundo cuyos secretos relataba su amigo el pajarillo cantor de las mañanas de abril.
Todos los años volvía este puntual y en seguida se ponía a pregonarlo. Al cabo de unos instantes estaba enterada toda la sierra. El aire limpio recogía su anuncio lo llevaba por cerros y valles y las rocas se lo gritaban unas a otras. Al granito de arena se contaba al oído, por ello eran amigos, le refería la historia asombrosa de sus viajes de ida y retorno.
El granito de arena le oía embelesado tanta maravilla. Aquel arroyuelo que brotaba allí mismo y bajaba dando saltos, luego crecía y crecía hasta convertirse en un largo y ancho río que corría sin descanso en busca del mar. Otros más pequeños se echaban en sus brazos antes de alcanzar la meta y con todos a cuestas llegaba por fin, tras muchas vueltas y revueltas. En sus entrañas vivían y bailaban los peces; los hombres cruzaban la barca sobre el camino blanco de las aguas. En el abrevaban el zorro y su presa, el huerto cercano, los campos sedientos. Y todo era gloria en sus verdes riberas.
Estos relatos no hacían sino acrecentar en el pequeño cautivo sus ansias de libertad. Muchas veces pidió al pajarillo que le sacara de allí y le llevara con él. Pero por más que lo intentó el ave con su recio pico jamás logró hendir la roca. Estaba condenado a cadena perpetua. Nadie podría librarle de su cárcel; nunca podría escapar. Sin embargo, lo que parecía imposible tuvo lugar un día que fue de angustia y zozobra para muchos y el más feliz de su vida para él. En la sierra se había desencadenado una impresionante tormenta. Rayos y truenos caían por doquier; lloraban las nubes a mares. Uno de los rayos abrió en canal la enorme roca en un solo tajo. Dos limpias mitades se abrieron y el grano de arena pudo ser libre por fin.
Pero entonces empezaron sus problemas. ¿Dónde podría ir él que no sabía caminar? El pajarillo amigo le hubiera servido de ayuda en aquel trance pero no le veía por ninguna parte. Aprovechó un regatillo que allí mismo emprendía su camino y se subió a él como pudo, tras arrastrarse y rodar por el suelo. Gracias a su ayuda pudo bajar dando tumbos por la empinada ladera hasta el mismísimo padre río. El agua cantaba con él la suerte de su huída, entre piedras limpias y pulidas que le acompañaban en su viaje.
El río caminaba por hondas gargantas y valles profundos, se abría en los llanos y tendía su manto hasta donde podía llegar y el grano de arena rodaba y rodaba sin darse reposo. En una de estas andanzas poco le faltó para quedar orillado, junto a una nutrida legión de minúsculos camaradas que fueron atrapados. Pero éstos se sentían felices con su suerte. Allí venían a buscar arena para un gran edificio que se levantaba cerca y dentro de poco estarían contribuyendo todos a tenerlo en pie. Ellos serían la entraña del propio edificio. ¿Qué destino mejor para seres tan pequeños?
Pero el héroe de nuestra historia no se conformaba con esta misión gregaria ya oscura. Para eso igual estaba en la roca. Nunca le entusiasmó ser parte de un todo, por grande que fuera el conjunto, antes al contrario, sino que siempre suspiró por su propio papel en la vida. Mejor libre y oscuro que confundido en la masa por alto que le pusieran. Su ilusión más grande por el momento era alcanzar el mar.
Y al mar llegó por fin, después de muchos caminos y muchas zozobras, más limpio y brillante que cuando partió. Siempre se había sentido diminuto, una motita o así que costaba trabajo distinguir de los demás que con el habían viajado; pero su pequeñez parecía multiplicarse y hacerse más patente en comparación con la intensidad salada del ancho mar. Tanto que buscó un lugar sonde esconderse y pasar ignorado mientras se reponía de la impresión.
Encontró refugio en la abierta casita de una ostra y en ella se instaló. Pero la dueña del hogar no le quería en su presencia y trató de ponerlo en la calle. En vano; el grano de arena se aferraba a su nueva morada como un náufrago al madero salvador. Entonces la ostra le cerró el paso a su intimidad y tejió para él un globo brillante y compacto donde quedó sepultado. El grano de arena se había convertido en perla.
La ostra fue capturada poco después. Una nueva vida empezó para el grano de arena bajo su recién estrenado ropaje. La perla pasó de las manos de un pescador a las de un marchante y de éste a un joyero. Y entonces empezaron sus cuitas. El joyero la engarzó en un collar hermoso y la colocó en un escaparate entre luces bien dispuestas que resaltaban su brillo y hermosura.
Pasó por prenda de amor, pero en realidad fue el precio de los favores de una amante discreta y hermosa al personaje encumbrado que la visitaba en secreto. La dueña lo llevó al cuello durante algún tiempo, pero luego fue sustituido por una falsa imitación y llevado a una casa de empeño. Otro amante distinto y más exigente que el rendido adorador se hacía pagar por sus caricias.
El prestamista fue asaltado una noche y despojado de todo lo que de valor guardaba en sus vitrinas. Luego los ladrones disputaron entre sí acerca del botín y se apuñalaron. Uno de ellos quedó tendido en el suelo, en medio de un charco de sangre, mientras otro huía velozmente del lugar de los hechos e iba sembrando el camino de cosas robadas que se le escapaban en su carrera.
El grano de arena asistía horrorizado a estas violencias y sufría en silencio que él fuera la causa de tantos horrores. Mejor hubiera sido quedarse en la sierra, junto al pájaro amigo y al aire sin mancha; mejor el silencio y la oscura existencia en la roca. ¡Ah, si pudiera volver! Pero ya era tarde, demasiado tarde, nunca se vuelve al pasado. Su destino era otro. El ladrón jadeaba en su huída e iba sembrando el camino de cosas robadas. Ahora solo le importaba escapar del crimen. El collar también se le fue de las manos y saltó en mil pedazos al chocar contra el suelo. Las perlas rodaron en todas direcciones. Nuestro grano de arena se topó en su carrera con una alcantarilla y en ella buscó cobijo con la secreta ilusión de permanecer allí, oscuro e ignorado, el resto de sus días. Pero no fue posible. Su refugio fue descubierto por un niño que jugaba a las canicas y corría tras una que fue a colarse en el mismo agujero que él entró. El niño metió la mano y tropezó primero con la perla; así que se encontró con que ya tenía dos canicas. La nueva, después de lavada, era preciosa. Lo menos valía diez de las otras. Pero no la pensaba cambiar por nada; sería para su amiga María, una niña muy guapa con la que se le pasaban jugando las horas como si fueran minutos.
- Mira que canica me he encontrado.
- Es muy bonita.
- ¿La quieres?
- Bueno…
La niña la llevó a casa y la metió en su escondite secreto que nadie sabía. Allí iba a mirarla todos los días.

Me ha gustado mucho como se ha desarrollado el cuento.