Intercambio
Diciembre 2009
Jaime no recordaba ya cuántos años llevaba acudiendo al Café Principal. Le gustaba su aroma, mezcla de café amargo y ambientador antiguo, y su tenue oscuridad. Solía aparecer casi todas las tardes en busca de un exquisito café bombón. Los viernes, además, ojeaba el periódico hasta detenerse en la cartelera de cine para decidir qué película ir a ver.
Aquel viernes Alberto le comentó que había observado que ponían la última de Almodóvar, Los abrazos rotos. Aún así él buscó la cartelera de cine para comprobar qué otras opciones tenía. Nada le entusiasmó lo suficiente y, ante la tesitura de elegir un plan alternativo a ir al cine, cerró el diario con cierto disgusto de suerte que golpeó el vaso de café y se tiró lo poco que ya quedaba sobre el pantalón.
Infructuosamente frotó la mancha repetidas veces con un trapo húmedo. En esa tesitura se encontraba en el baño del bar cuando alguien entró en él. El espacio era estrecho y al volverse Jaime observó que el recién llegado le dirigía un ademán de tranquilidad que podía interpretarse como “esperaré”. No pudo evitar fijarse en sus ojos. Eran grandes y azules, de un azul claro inusual y llamativo.
Dejó de frotarse el pantalón y volvió a mirarle. Realmente nunca había visto unos ojos así y Jaime sintió algo parecido a la envidia pero más tangible, más delictivo, como si en realidad pudiera amenazar a aquel joven para que le entregara sus propios ojos, o como si impunemente pudiera robárselos.
Con sendas sonrisas forzadas, y dirigiéndose una última y fugaz mirada, cambiaron sus respectivas posiciones sin poder evitar tocarse.
Jaime salió del Principal casi sin despedirse. Decidió que lo mejor era cambiarse de pantalones y después ir al cine. Daba igual qué película ver, cualquier cosa estaría bien con tal de entretenerse lo suficiente como para eliminar de su cabeza aquellos ojos celestes.
Ya en su casa se tumbó en el sofá rememorando la sensación que había sentido minutos antes en el baño del Principal. Aún no había conseguido entenderla del todo cuando se levantó para ir a su dormitorio en busca de otro pantalón. Allí encendió la luz e inconscientemente se enfrentó al espejo de la puerta de su armario. ¡No podía creerlo! ¡Sus ojos! ¡¿Qué les había pasado?! Tardó varios minutos en dar crédito a lo que veía: sus ojos eran grandes y azules, eran los ojos de aquel joven del Principal.
No sabía qué pensar, tampoco qué hacer. Sin cambiarse de pantalones salió de casa sin dirección alguna. Después de unos minutos intentó serenarse convenciéndose de que lo que había visto, mejor dicho, lo que creía que había visto era un error: sus ojos eran marrones, siempre lo habían sido. Se dio la vuelta dubitativo pero, al otro lado de la calle, vio un escaparate de Zara Home con un gran espejo. La luz no le permitió verse con la deseada nitidez pero ésta era suficiente como para comprobar que sus ojos ya no eran marrones.
¿Qué había pasado? Mentalmente volvió atrás, hasta la escena del cuarto de baño en el Principal. Rememoró cómo había anhelado tener aquellos ojos y, ¡zás!, por arte de birlibirloque ya eran suyos. ¡Dios santo, era imposible!
No, nada era tan sencillo. Intentó recordar si a lo largo de su vida había deseado tener otras cosas que hubiera poseído inmediatamente después. Estaba tan confuso, y era tan difícil inventariar de manera nítida los sueños de tantos años, que no supo llegar a una conclusión.
Creyó que no encontraría ninguna lógica que explicase lo que estaba pasando así es que empezó a asumirse con sus nuevos ojos y su búsqueda comenzó a centrarse en encontrar la metodología por la cuál los había adquirido. Sí, si las cosas funcionaban así, volvería a desearlos marrones y ya está. Cerró sus ojos con fuerza y concentró una mayor fuerza aún en su voluntad.
El espejo fue absolutamente contundente: seguían siendo azules.
Es el Café Principal, relexionó. Sí, se convenció, eso sería. Casi salió corriendo. Minutos después se encontró con la sorpresa de Alberto al verlo llegar casi sin aliento. Jaime ocultó su mirada al camarero al que solo dirigió un confuso saludo mientras se dirigía al baño con sorprendente rapidez.
Encendió la luz y se colocó frente al espejo: había un mar transparente en su mirada. Volvió a apagar y encender la luz al menos otras seis o siete veces esperando que el rito obrase el milagro. No fue así.
Tenía agachada la cabeza, fruto de su desesperación, cuando Alberto llegó interesándose por él. Sin valorar las consecuencias, Jaime se volvió para decirle que no pasaba nada. Ya más tranquilo Alberto le invitó a salir y a tomarse algo. Inmediatamente Jaime se dio cuenta de que Alberto le había mirado fijamente y sin embargo nada había dicho sobre su cambio. Salió tan rápido como pudo para mostrarse de nuevo a su amigo. Efectivamente nada extraño percibía en él pues nada decía. Constató tal circunstancia saludando a varios clientes asiduos del Principal que no mostraron ninguna sorpresa.
Pasó un tiempo y Jaime casi se había acostumbrado a sus llamativos ojos celestes que a nadie extrañaban cuando un día, al entrar en el vestuario del gimnasio, vio a Enrique, un compañero del trabajo con el que a veces coincidía también allí, que estaba acompañado por un amigo a quien Jaime no conocía. Ambos estaban acabando de vestirse y a Jaime le llamó la atención el hermoso y musculazo torso aún desnudo del amigo de Enrique. Jaime notó algo que ya había sentido antes: era una sensación idéntica a la que había sentido en el Principal antes de que sus ojos cambiaran. El anhelo también era el mismo.
Aún meditaba sobre eso cuando Enrique se acercó sonriente. Mantenían la típica charla anodina cuando, ya completamente vestido, se unió a ellos su acompañante que, tras las oportunas palabras de Enrique, estrechó la mano de Jaime con una firmeza muy varonil.
Esta vez Jaime estaba a la expectativa. Sabía lo que había sentido y sabía que algo iba a pasar. De hecho ya había pasado: cuando minutos después se quitó la ropa su cuerpo ya no era como antes, su torso era firme, duro, con los músculos sensiblemente marcados.
Su mente sufrió un vértigo que casi le mareó. En medio de esa transitoria debilidad creyó haber averiguado qué sucedía: al tocar al individuo se producía una especie de traslado, de intercambio, y aquello que él envidiaba de esa persona pasaba a ser suyo.
Tenía que probarlo. El objetivo estaba claro: observó que su torso era perfecto pero no así sus piernas. Estaba en el lugar adecuado, en un gimnasio, así es que apenas le costó una hora alcanzar su propósito.
Se hundió en un estado de euforia que casi consiguió embriagarle por completo. Creyó tener un poder omnímodo por el cual llegaría a poseer todo lo que de otros deseara. Aquella noche no pudo dormir y la mañana siguiente decidió no salir de casa fingiendo una gripe. Tenía que asumir lo que le estaba pasando, controlarlo. Horas más tarde el paroxismo fue dejando paso a las dudas: ¿Cuánto duraría aquel poder? ¿Se limitaba solo a facciones o rasgos corporales? ¿Lo tenía alguien más? Finalmente cedió al cansancio y acabó por dormirse un buen rato. Cuando despertó llegó a la conclusión de que aquel fenómeno no tenía ninguna lógica a la que responder y se obligó a pensar que lo mejor era recuperar la normalidad.
Era viernes. ¿Por qué no ir al cine como cualquier otro viernes? Se dirigió al Cine Odeón y compró la entrada para una película americana, cuyo título ni siquiera fijó en su memoria, esperando encontrar un entretenimiento fácil. Una especie de acomodador vestido de negro le indicó el número de la sala a la que debía dirigirse: la cuatro. Accedió a la sala por la parte posterior y se sentó en la mitad de la última fila de la derecha. Apenas si había ocho o diez personas más pero entonces vio entrar a otras tres personas que dudaron qué sitio ocupar. Antes de que apagaran las luces se había fijado perfectamente en ellos: una chica rubia de unos treinta años bastante guapa, otra morena menos agraciada y de la misma edad y un hombre mayor que ellas cuyo rasgo más acentuado era una ostensible deformidad que le impedía moverse con normalidad. En la oscuridad resolvieron su duda optando por sentarse en la misma fila que él. Las chicas dejaron pasar al hombre que las acompañaba. Aunque Jaime había dejado libres cinco asientos todo parecía indicar que aquel hombre deseaba ocupar la parte más central de la fila y fue acercándose a él.
No pudo explicar qué sintió en ese momento. Por su mente pasó de forma acelerada la idea de que si aquel hombre sabía cómo conseguir quedarse con su cuerpo solo tenía que tocarlo. Ni siquiera fue capaz de contener un grito y, de forma absolutamente irracional, se puso en pie y, tras girar sobre sí mismo, saltó por encima de las butacas llegando al pasillo del fondo de la sala. Segundos después alcanzaba la calle mientras la oscuridad apagaba el pequeño tumulto creado por sus movimientos.
Un rapto de locura le obligó a reír a carcajadas cuando, ya en su casa, se dio cuenta de que nunca más podría salir de allí sin arriesgarse a perder su cuerpo.

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