Una mañana cualquiera
Octubre 2009
La mañana de domingo se adornaba con una delicada quietud. El cielo había olvidado cualquier vestigio de las ubérrimas nubes que habían colonizado los últimos días de septiembre; ahora se dejaba seducir por la tiránica bravura de un sol joven y brillante bajo cuyo peso cálido se desperezaba la hierba rezumando vapores de rocío que hacían más densos los olores de un otoño aún adolescente.
Nada más despertarse se había dejado seducir por la sensual invitación de la naturaleza y había salido a correr junto a la orilla del río. Casi una hora después, ya de vuelta, recogió el periódico que yacía sobre el sendero de gravilla y lo depositó sobre la mesa del jardín, donde tenía intención de volver tras un vaporoso y relajante baño de espuma. Escogió la compañía del dolor huérfano y antiguo del saxo de Dexter Gordon, cuyas baladas fueron llenando los rincones de la casa para poco después alcanzar y deshacer suavemente las burbujas que inundaban la bañera. Y así, una suavidad desgarradora le acompañó muellemente hasta casi el mediodía.
Entonces, enfundado en la caricia de su albornoz y mordiendo una manzana, penetró en el jardín posando sus pies descalzos sobre la hierba húmeda. Se sentó bajo la sombra opaca del álamo y cogió el periódico entre sus manos.
Ninguna noticia llamó su atención en las primeras páginas. De pronto la leve y agradable brisa que le acariciaba se tornó de fuego. El telón rasgado de una realidad abrumadora hizo desaparecer cada una de las escenas que con tan exquisita delectación había vivido aquella mañana. La angustia y el estupor lo paralizaron mientras dejaban caer desde su nuca un escalofrío denso y tangible. Pese a la confusión sus ojos seguían esclavos de aquel periódico que en su parte superior derecha tenía impresa una fecha que demostraba con contundente claridad que no era domingo, que era lunes, y por lo tanto él, ¡santo Dios!, desde hacía algunas horas debería estar sometido a la tediosa rutina de una mañana de trabajo.

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