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Soy un corazón tendido al sol

Junio 2010

Caminaba sobre mis pasos. Si yo me iba de un lugar ella llegaba, ocupando  mis vacíos y llenándolos de música y de flores, construyendo un rompecabezas con las piezas que cada uno le iba dando en el camino. Nada sabíamos la una de la otra. A mí se me había roto la vida, ella vibraba. Yo intentaba emerger de lo profundo del océano, ella bailaba sobre las olas. Ante mi apremiante situación, los ángeles antiguos organizaron un cónclave. Vinieron de todas las coordenadas, atravesaron todas las fronteras del espacio tiempo y se acomodaron en su casa. La conocían de más, sabían muy bien quién era. La observaron en silencio durante horas, caminaba pisando nubecitas, parecía frágil, casi desamparada, con una timidez inmarcesible, pies telúricos, cabeza llena de pájaros, sonrisa sin peaje, la inmensidad del mar en sus ojos, piel del sur, alma de princesa.

Ninguno tuvo la más mínima sombra de duda. Había mujeres tan bonitas como ella, tan pizpiretas, tan suaves, tan dulces, tan tiernas, pero no tan buenas, y nunca, nunca, tan llenas de sueños. Así que se colaron en los despachos donde se cuecen nuestros destinos profesionales, y le susurraron al funcionario que se ocupaba de sortearlos la esquinita del mundo donde me encontraba yo. Y así, una mañana de septiembre, un soplo de viento andujareño se coló, sin que yo me diera ni cuenta, en mi vida.

Desde aquella mañana hasta esta noche han pasado casi seis años. La muerte ha pasado por encima de las dos veinte millones de veces, permaneciendo agarraditas de la mano, solas en una tierra que no es la nuestra. Sin ella creo que hubiera olvidado mi desván de la casa del maestro, creo que me hubiera conformado con ser uno más, que hubiera olvidado mi esencia, mis sueños, lo que me hace ser yo, lo que me da nombre. Porque en todos estos años llenos de mierda, de mediocridad, de vacíos, de desesperanza, estaba su sonrisa siempre al abrir mi puerta, su voz delicada al otro lado del teléfono dándome amparo, su incondicionalidad extrema. No todo estaba perdido, había una princesa.

Siempre pensé que todo lo que he vivido, me había hecho reconocer en mí, caras de mi poliedro que no había visto antes. Siempre pensé que mi lucha contra la adversidad de lo real me había hecho ser quien soy hoy. Pero cuando ella se va a otro destino, el suyo, ya estuvo aquí bastante tiempo para que yo buscara el mío, me doy cuenta que lo que realmente ha revolucionado mi ser, es su bondad. Y ella, la más princesa de las princesas, me ha enseñado a ser buena, a saber exactamente y de una vez por todas qué es la amistad. Y todo se ha parado, se ha trastocado, es ella quien realmente ha sido un punto de inflexión en mi vida, mi acicate en tiempos de crisis emocionales, mi pulmón.

Se enamoró de un guitarrista y se va a Córdoba. Conmigo se quedan sus flores y su música, y ese rompecabezas al que le faltaba la última pieza. Con ella se irá mi alita izquierda, no porque la necesite, ella sabe soñar como nadie en este verde planeta, sino para que no olvide que yo tampoco voy a dejar nunca de hacerlo. Se lo debo.

Cuando vaya a verla, iremos a ver la última de Christopher Nolan, para nosotras, evidentemente, purita ciencia ficción. Nos compraremos un helado, y haré lo que lleva meses pidiéndome, le tocaré una canción. Dada mi destreza armónica será un absoluto desastre, pero verla reír es la felicidad. Hace muchos años, cuando viajaba sobre mi bicicleta blanca, tarareaba con mi alter ego una canción que escuchábamos en un radiocasete famélico y antediluviano en la voz de Pablo Milanés. Aquella canción que nos hacía explotar el corazón era nuestro grito entusiasmado y feroz al mundo, el himno de nuestra amistad. Bajábamos cuesta abajo, sin frenos, gritándola al viento, resonando el eco entre los pinos, mecida por el silencio. Porque a fin de cuentas tal vez no somos más que eso, un corazón tendido al sol.

Los ángeles antiguos recogen las cenizas que han quedado de un cuento que he quemado en la noche de San Juan. Beso al de la barba blanca, está enamorado de la abuelita, pero ella es como Robert Mitchum, dura de pelar. Le digo que prepare con ellas, con las cenizas, un cola cao calentito y un ramo de rosas blancas. Un guiño alado recorre los rizos de mi pelo, esta noche hay una fiesta en el cielo.

 

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