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La chica de ayer

Mayo 2010

La atalaya del castillo está vestida de verde. La hiedra inunda la pared del este, entrópica, sin rumbo fijo, como si no se decidiera, manchada por las luces lilas de la buganvilla. El naranjo desprende esencias del sur, en un duelo sin tregua contra los jazmines. Las rosas intentan hacerse hueco en el norte, altivas, conocedoras de su arrebatadora belleza. Y cada anochecida, llega ese silencio lleno de estrellas que adoro, cuando el mundo duerme y yo me tumbo en el suelo de mi atalaya, sobre una manta de colores, como si estuviera sobre la hierba y aún no supiera qué es ser mayor.

Hoy se cayó mi pluma de plata, se rompió su plumín, la tinta negra ha dejado una huella bajo la mesa de madera y otra en un rincón de mis supersticiones. Baltasar la había dejado bajo el árbol el año pasado, cuando estaba dispuesta a comerme el mundo, a pasar miles de páginas en blanco y escribir cientos de ellas nuevas, con otros rumbos y otros sueños. Y se rompió precisamente hoy, no podía ser otro día, hoy, cuando finalmente todo el viaje de estos meses había llegado a su destino definitivo. Me levanté de la silla y me fui al desván. Cogí la caja azul donde están todas mis plumas y la guardé con sumo cuidado en el estuche de lata junto a las otras. Brillaba de forma insultante entre todos esos pedacitos de mi tiempo, preciosa, echa de polvo de estrellas, cautivando toda la atención, fijando claramente un antes y un después en el espacio de mis días.

La abuela solía decir que estamos solos ante la adversidad, que poco importan los amigos, los amores, la familia, que ayuda tenerlos, que volver a casa y encontrarlos es el regalo de este mundo, pero que estamos solos ante la adversidad. Cuando ella se fue me di cuenta cuan cierto era todo aquello que ella decía, cuando los fantasmas llenaban la espesura de la noche y era imposible dormir, cuando no había nadie allí, ningún amigo, ningún amor, nadie de la familia, sólo la muerte, el miedo y yo. Muchos eran los que me querían, pero ante el pánico absoluto a la oscuridad sólo estaba yo, aterrorizada, sola, como un pajarito, sin espada ni hoplón. Guardé mi montblanc negra en el estuche de lata, llené mi maleta roja de libros y sueños, y con su planta favorita en mi mano izquierda subí a un autobús y huí.

Desde hace unos días la sensación de estar encerrada me carcome. Algo dentro de mí me obliga a llenar esa maleta roja de libros y sueños, coger mi planta favorita y huir. Veo mi pluma brillando al lado de las otras, casi todas de color negro, llenas de fiestas, besos, risas, novios de todo tipo y condición, juergas  inconfesables, amigos eternos, pero ella destaca del resto, con osadía, porque está llena de adversidades, soledad, decepciones, sueños rotos, equilibrios, riesgos, órdagos a ser grande.

He puesto la maleta a los pies de mi cama. Sé perfectamente cuál es mi planta favorita y no necesito horarios de autobús porque nos iremos en el león. A los libros y a los sueños sumaré un duendecito multicolor. Aún no sabemos dónde nos iremos, ni cuándo, pero lo haremos, muy pronto. Porque de nuevo tengo pánico a la oscuridad, ésa que se cierne sobre nosotros cuando nos convertimos en uno más, cuando nos conformamos con un destino nunca soñado, cuando nos mantenemos inmutables en unas coordenadas acabadas. Sigo sin espada, porque nunca supe ni sabré vivir en guerra, pero tengo un hoplón, inquebrantable, lleno de versos, ligero, invisible, incuestionable.

Silencio, la anochecida aguarda en la atalaya, desde mi manta de colores se adivina esperándome otro mundo allá a lo lejos.

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