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Las alas de Electra

Marzo 2010

A las dos de la mañana se desató una tormenta. Juanjo y yo jugábamos a las cartas sentados en aquellos sillones con orejas que estaban en todas las casas de nuestro país en aquellos años. Mª del Carmen se acercó a buscarnos a la salita donde entreteníamos el tiempo, le daba pánico la furia celeste y nos obligó a subirnos encima de una cama mientras rezábamos. Mamá y ella sujetaban sendos rosarios en las manos, Juanjo y yo nos moríamos de risa. Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Parecía que le iba a dar un ataque al corazón, o a la razón. Su pelo peluquereado se iba desordenando en cada salto y nuestras risas eran cada segundo más incontenibles hasta que Juanjo no pudo más y se ganó un tortazo santísimo. El cielo se calló y volvimos a la salita convencidos hasta el último poro de nuestra piel de que los adultos estaban majaretas.

A las cuatro de la mañana, el médico y el maestro volvieron de la casa del cura, la partida de póker había terminado. En silencio sepulcral nos subimos en nuestro Seat 127 blanco, salimos de Morasverdes y partimos rumbo a casa. Yo iba sentada en el medio para poder ver la carretera con total nitidez, las princesas padecemos de vértigos, nuestros pececitos de oro se enredan en nuestras venas con las curvas o las tristezas y nos mareamos. Mamá comenzó su monólogo, mamá recordó a papá que yo tenía nueve años, que era una niña, que no podía estar a esas horas despierta, que tendría sueño al día siguiente, y yo no dejaba de mirarle por el espejo intentando ver sus ojitos, cada día más pequeños. Mamá tenía razón en todo lo que decía, pero papá ya lo sabía. Todas las respuestas a las frases de mamá bailaban en mi cabecita esperando que papá dijera algo, pero él no decía nada, y yo tenía ganas de llorar. Quería darle la mano, decirle que le quería, que nunca me enfadaría con él por nada que él hiciera, que no me importaba nada irme a casa a esa hora porque Juanjo y yo nos habíamos casado en secreto en la consulta de su padre y el tiempo con él era tiempo en el cielo, que era el mejor padre del mundo, que si había estado el cura en aquella partida sin duda tendría la gracia de Dios, que me moría pensando que podía estar sufriendo, que no me gustaba nada que mamá hablara así de él, que él era mi héroe mi guía mis alas para volar.

Sorprendentemente la noche estaba limpia, en calma, plagada de estrellas relucientes y risueñas revoloteando y bailando. De pronto papá frenó en seco, una familia de jabalíes cruzaba la carretera con la parsimonia y tranquilidad de quien está en su barco navegando en un estupendo día soleado sin otro horizonte que ver la vida pasar. Mamá se apagó, yo me apoyé en el hombro de papá. Aquel desfile era una auténtica preciosidad. Iban en fila, uno tras otro por orden jerárquico, el macho, la hembra y los descendientes en orden de tamaño. ¿Salimos? susurró el maestro. Tengo miedo dijo la
princesa. Abrimos las puertas del coche con sumo cuidado, intentando no hacer el más mínimo ruido para no emborronar la magia. Papá me cogió la mano y escondidos tras la puerta del piloto disfrutamos del paseo familiar con olor a selva virgen. Un beso se escapó de mis labios y se posó en la
mejilla del maestro que se hizo el desentendido para que no viera que estaba emocionadito perdido, casi tanto como yo. Cada uno ocupó su asiento de nuevo, mis pececitos de oro no dejaban de hacerme cosquillitas en el corazón.

El maestro jugador de póker es la única persona que tuvo interés y se atrevió a subir a mi desván, la única que una mañana de domingo con nueve años mientras todos lloraban como descosidos se dio cuenta que yo existía y me llevó a dar un paseo, la única que se sentaba conmigo a la luz de la lumbre a jugar, la única que me dio un besito en el grano más grande del mundo cuando tuve sarampión, la única que siempre ha dejado que sea como soy, la única que se disfrazaba cuando yo tenía fiebre para arrancarme una sonrisa, la única de la que yo tenía certeza exacta e inequívoca que me quería. Adorarle me es absolutamente inevitable, quererle por encima de cualquier coordenada de racionalidad es rotundamente insoslayable. Fueron muchas las noches de los miércoles que me fui tarde a la cama, quizá por eso sea tan mala jugando al póker, pero no olvidaré casi ninguna de ellas porque estuvieron llenas de magia, de juegos, de casamientos prohibidos, de cigarrillos robados, esperando cada una de ellas al volver a casa que las hadas volvieran a prepararnos un desfile animal, para tener la ocasión de darle un besito a mi padre, de decirle con el calor de mi mano que no me importaba nada que fuera imperfecto, que se saliera de la norma, que mi corazón le era eternamente incondicional.

El cielo está claro, huele a jazmín en el castillo. Mi niño duerme en la atalaya más cercana a las estrellas. La abuelita viene a tomarse un cola cao conmigo, le cuento que tengo miedo, que papá se hace mayor, que desde que se fue la tía sonríe a medias. Ella deja los geranios y con su pijama rosa y su redecilla gris me acaricia los rizos, me los desenreda, no olvides que eres igualita que él un absoluto desastre. Se va y las estrellas se colocan en fila, huele a selva, todo es posible, nada nos vence, podemos ser héroes o princesas, solo necesitamos que alguien nos quiera.

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