Sutter Island
Febrero 2010
Las doce de la noche. Joan Dolgut y Soledad Urdaneta yacen en el suelo con la inequívoca sonrisa del amor, entrelazados en un abrazo solemne y silencioso. Paseo por el penúltimo sueño cuando un leve golpe en la ventana de mi alcoba me avisa de su llegada. Vienen vestidos de gala, con besos de colores y estrellas en las alas, envueltos en una brisa suave con olor a amapolas. Ella con vestido negro de seda, collar de perlas de plata, pelo blanco y suelto, ligero brillo en los labios, pendientes verdes, zapatitos de cristal. Él con su coleta castaña, camisa blanca, frac azul cobalto, zapatos de charol, nuestra pulsera de hilo en su mano izquierda. En el castillo huele a macarrones al horno y a pasteles de nata, los dos entramos en la frontera de una década. La abuela me besa, acaricia mi pelo, pinta de rojo carmín mi corazón y se entretiene vaciando el agua de los platos de las macetas. La lluvia insoportable nos ahoga en este mes de febrero tan suicida. El ángel de la guarda de mi niño solicita su regalo, una camiseta negra de algodón con una mariposa de alas verdes dibujada en el pecho y los hombros. Le gusta. Se quita su camisa blanca y se la pone. Perfecta. Nos contamos nuestras cuitas, se ríe con mis ´desafinados´ tocando la guitarra, y decidimos jugarnos la dignidad al póker, seguimos los dos sin blanca.
Ayer vi la última película de Scorsese. Un genial DiCaprio te mantiene en vilo durante dos horas y cuarenta minutos sin que uno sepa distinguir hasta el último segundo entre su realidad y la realidad de los otros, quienes son los malos, los buenos, los locos y los cuerdos. Es muy probable que el doctor me encerrara en el pabellón C, o tal vez en el A aunque en mis sueños soy profesora de matemáticas, cuido de mi niño, doy clases particulares para llegar a fin de mes, aprendo a tocar la guitarra los jueves de ocho a nueve, monto en bicicleta los lunes por la tarde, leo libros con la anochecida, escucho a mis amigos y me río con ellos, voy a visitar a mis padres a mi ciudad, mejoro mis capacidades culinarias, incluso limpio la casa cada quince días, soy simplemente una mota de polvo más. Si le contara todo eso se asustaría, me daría medicación y me internaría en el pabellón de las mujeres, pero no me llevaría al C porque el doctor es bueno, muy bueno, un médico excelente, que pretende que los locos asuman su locura, con serenidad, desde la coherencia, y al oír mi realidad se quedaría más tranquilo, sentiría que hay una posibilidad para mí, que soy una paciente que puede cometer la impostura de ser cuerda, de asumir que sólo puede vivirse en este mundo y no en el de los sueños. Así, cuando llegaran los encargados del gobierno, los que mantienen con su dinero la institución, el doctor me llamaría a su despacho, y sentadita en uno de sus sillones, me pediría que les contara mi realidad, el mundo en el que realmente vivo, por el que paseo y crezco, para demostrarles así, con su mejor paciente, que su método funciona. Les contaría que vivo en un castillo, que soy una princesa, que mis alas son verdes, que mi angelito de la guarda vestido con pijama rosa y redecilla en el pelo se toma un cola cao conmigo cada noche, que un capitán con un barco de colores algún día me llevará a Venecia, que mi desván huele a paja y humedad, que cuando estoy en casa me fumo los tapones de los bolígrafos, que leo con una linterna verde porque así los malos no vienen, que siempre soñaré como la niña de nueve años que soy, que perdí la otra noche al póker.
Papá me repetía constantemente cuando era niña que tenía que ser valiente, por eso aunque finja asumir los sueños, nunca olvido cual es la realidad.
