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Las costillas de Eva

Enero 2010

Cielo blanquecino grisáceo, los árboles emborrachados de la tristeza invernal lloran sin descanso, alguna rama contestataria y osada luce un verde escandaloso, y altiva, en su valentía, se ríe del mundo, sabiendo que el miedo de las otras a la soledad no les viene de estar solas sino de no quererse a todas horas, y coquetea con el viento, segura de sí misma, implacable ante la adversidad.

Esta mañana tocaba ser una más entre un millón, limpié mi castillo cual Cenicienta, como todos aquellos que, junto como yo, llegan difícilmente a fin de mes y no pueden permitirse el lujo de tener a alguien que lo haga por ellos, terminando la odisea alienante con la guinda dulce y colorada, compra en una gran superficie. No se podía disfrutar más ni de mejor manera. Mi hada ¡Basta! me perseguía alterada pero no quedaba otro remedio, había que rendirse a la necesidad antes de ser devorados por las pelusas y que el frigorífico se deprimiera por falta de atención. Colas kilométricas amenazaban mala leche sin compasión. Me subí al carro con mi duende, un vigilante me llamó la atención ¿cree usted que tiene edad para eso? La cajera salió a poner un poco de orden en la cola, su voz dulce me resultó conocida, era muy atractiva. Había visto ese rostro en algún otro lugar pero desconocía donde. Después de cincuenta días interminables era nuestro turno.

Me miró con una sonrisa tímida desde sus ojos verdes, su pelo negro brillaba sobre la camisa de listas rojas y azules, se acercó para besarme y yo le respondí con cierto asombro. Alba Rodríguez, ponía la tarjeta que colgaba de su solapa. Ella tenía tan claro quien era que era inconcebible que no me sucediera lo mismo a mí. Confesé mi pérdida absoluta de coordenadas donde situarla y ella me llevó de viaje al pasado. De pronto la recordé, en aquella clase oscura y fría del instituto Eugenio Frutos, en Guareña. Era la tutora de aquel grupo compuesto fundamentalmente de mujeres en uno de los años más oscuros de mi vida. Todos mis compañeros estaban a disgusto en aquella clase, no les gustaba el grupo ni ninguna de las chicas que lo componían, pero yo me sentía entre aquellas cuatro paredes como en mi casa. Acababa de tirar al río los zapatitos de cristal, me hacían daño en los pies y a mí siempre me gustó caminar descalza. Mi príncipe azul estaba muerto de miedo, la vida le aterraba, así que decidió quedarse pegadito al ordenador para no tener que mirarse en el espejo, y allí se quedó cuando llené de libros y ropa mi maleta roja y me largué. Hubiera sido más fácil seguir subida en la carroza, mi niño tenía un año y seis meses, mi bolsillo una hipoteca y un alquiler, mi corazón ningún amigo cerca, mi coraza con la familia en su ciudad, pero mis sueños no dejaban de zumbar en los oídos, y me tiré en marcha. Aquel grupo tenía la marca de opción terminal pegada en la frente. No eran lindas, femeninas, delicadas, sumisas, inteligentes, trabajadoras, convencionales. Nadie las hubiera elegido como protagonista de ningún cuento, eran insensibles a todo, duras, descreídas, a la mayoría de ellas la vida les había golpeado más de una vez. Les hablé de mí, de mis sueños, de la libertad, de la obligación absoluta de ser uno mismo.

Conversamos durante el breve espacio de tiempo que nos permitió la anodina cotidianidad. Dejó sus rincones para vivir con su príncipe azul, pero de pronto se vio preparando perdices cada día, cada vez menos a gusto del príncipe que fue dejando de ser azul para pasar por toda la gama de colores hasta llegar al gris. Me acordé de ti, de tu maleta roja y tus alas verdes, de la sonrisa constante, de tus frases entre ecuaciones y logaritmos “no necesitáis a ningún príncipe para sentir que sois una princesa, el hada madrina son vuestros sueños”, fue difícil pero me fui. La singularidad no consiste en hacer cosas diferentes del resto sino en ser y sentir diferente que el resto.

La rama tiene tres hojas y un tallo muy delgado, aunque su aspecto frágil no le resta entereza y serenidad. La veo desde la ventana de mi desván rodeada de otras miles marrones oscuro con los ojos mirando a la tierra. No sé cuántos se percatarán de su existencia, pero sin duda es una heroína en su universo, una princesa con alas verdes y maleta roja, alguien que se resiste cada segundo a convertirse en uno más.

 

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