Top

La vie en rose

Diciembre 2009

A mi hermana mayor toda la gente le decía que se parecía a la tía Isi. Era un piropo porque la tía era muy linda, pero mi hermana mientras crecía se obsesionó con la idea de ser exactamente igual que ella. Así que noche tras noche le pedía a su virgencita no tener los mismos pechos, los tenía demasiado grandes y mi hermana empeñó muchos de sus minutos antes de dormir en suplicar un tamaño más reducido. Lo pidió tanto y con tanto ahínco que se quedó con dos melocotoncitos pequeñitos. A mí, por aquel entonces, ya no me parecía muy lógico eso de la virgencita, no entendía demasiado bien ciertas cosas así que pedirle a alguien en quien no crees, deseos vitales, no me parecía muy ético. Habría que recurrir a magos de verdad.

Crecí como si fuera hija única, o sea que no conté con la posibilidad maravillosa de tener siempre a alguien al lado para jugar, es más, tenía dificultad para tener amigas. De hecho, en mi infancia no las tuve. Me llevaba bien con los compañeros del colegio, montaba en bici con mi vecino, jugaba con ellos algunas tardes, pero la mayor parte del tiempo estaba solita en mi desván. Los fines de semana nos íbamos a Salamanca así que no había posibilidad de entablar relaciones más directas, compartir tiempo, sentir de alguna manera que no era tan diferente. Si mi hermana había conseguido sus melocotoncitos, yo podía conseguir una amiga, una amiga del alma. Por las noches, mientras mi hermana estudiaba sus libros de medicina con aquella lámpara retro en su camilla, yo estaba acostada a su lado, intentando conciliar el sueño, y pidiéndole a mi angelito de la guarda una amiga del alma. La abuela, condicionada por él, intentó que saliera con todas las niñas de mi edad del vecindario, y una a una fueron aburriéndome y dejando de llamar a mi puerta. Luego hubo un intento desesperado con las hermanas pequeñas de las amigas de mis hermanas. Todas con sus coletas, falditas, repipis hasta el infinito y más allá, siempre hacían lo mismo cada tarde, bajar a la Plaza Mayor a comprar una bamba de nata y volver hablando de cosas de niñas. Insoportable. Qué quieres que haga madre, le decía la mía a la abuela cuando insistía una y otra vez en que una niña tenía que estar con niñas. Mientras, entre las sábanas, seguía contándole mis penas a mi angelito. Lo pedí tanto y con tanto ahínco que tengo un melocotonero plagado de frutos en el jardín de mi castillo y son ellos, mis amigos, los que me salvan de casi todo. No sólo me escuchan, me alegran la vida, me ayudan con mi niño, se quedan con él para que yo pueda disfrutar de cosas de adultos de vez en cuando, lo llevan al cole si yo no puedo, me dejan ser como soy, me animan a que siga siendo como soy, sino que lo hacen con la alegría de quererme, cómo no voy a creer en la magia.

El lunes pasado papá, Hugo y yo íbamos a echar la carta de los Reyes Magos. Las normas son las de siempre, no pedir más de tres cosas porque si uno tiene corazón los Reyes, además, traerán una sorpresa. El duende hizo la suya y yo la mía, aunque desde que tengo mi melocotonero no tengo nada que pedir, no me hace falta nada, lo tengo todo, escribo solamente sorpresa. Di un paseo por las calles de mi ciudad, tarareando a la Piaf, quand il me prends dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose, con las cartas dobladas en el bolsillo trasero de mi vaquero, y caminé hasta Víctor Jara para comprar algunos libros. El viento había desordenado mi coleta y atareada en colocármela no me di cuenta que había un ángel a mi lado. Me cogió del brazo, era el capitán Zaratán, con el cortazariano capítulo siete en su voz y las manos llenas de estrellas. Acaricié su rostro, él llenó de flores los rizos de mi pelo. Compré los libros y en una nube me fui en busca de mis dos mosqueteros, que me esperaban con los brazos abiertos en el buzón dorado de la Gran Vía. Emoción desbordada, toda la ilusión de los sueños en un trozo de papel. Hugo echó su carta temblando, y nos fuimos los tres a casa de la tía. Al llegar arriba se dio cuenta que yo no había echado la mía y quiso volver, pero le subí a mis alas y le conté el cuento que me había encontrado por sorpresa en Víctor Jara, mientras papá con el brazo sobre mis hombros me preguntaba si no sentía el olor del viento a melocotón.

 

 

Siguiente Página »

Bottom