El barón rampante
Septiembre 2009
Era viernes por la tarde. Les habían recomendado una película y habían quedado para ir al cine. La tía llegó antes de que yo saliera, quería que mamá le arreglara con la máquina de la abuela, una falda que le quedaba muy ancha. Apenas se pintaba, tiene los ojos pequeños como papá y se olvida de ellos, pero los labios siempre rojo Marilyn. Mamá en cambio los tiene inmensos, verdes, siempre maquillados, preciosos. Distintas en el fondo y en la forma pero amigas desde siempre. Memorias de África, a las ocho en los cines Van Dyck. Por aquel entonces yo no conocía a Asdrúval de Vros, y no tenía la menor idea de que Italo Calvino me había apodado Viola. Volvieron entusiasmadas, tanto, que yo creí que no merecía la pena verla porque sería una cursilada romántica digna de todo lo que yo no quería ser. Y no lo hice, como cuando de Vros me regaló El barón rampante y lo coloqué en la estantería esperando el momento adecuado.
Este verano era el fin de muchas cosas, probablemente de todo, al menos sí de mi vida. Había recogido mis ruinas y esperaba impaciente al otoño, para dejárselas al viento y que soplara con fuerza mis alas. Hacía años que no veía a de Vros y habían sido muchas las emociones viendo la maravillosa película de Pollack, así que el día antes de volar a Edimburgo, mientras buscaba un libro para guardar en mi mochila, recordé al barón. Estaba en el salón, junto al caballero y al vizconde, y me los llevé a todos al festival de teatro. Tengo pánico a los aviones, me encanta volar pero sólo donde me lleven mis alas, así que después de cuatro valerianas y un lexatin, haber saludado amablemente al compañero de al lado, no hacer ni caso a la azafata indicando qué debería hacer si estábamos en peligro y repasar la tabla del nueve, abrí el libro de Calvino.
Dice Anthony de Mello que la distancia más corta entre el hombre y la verdad es un cuento. Tal vez por eso crea a estas alturas de mi vida más que nunca en el amor y en mí misma, porque vivo dentro mi propio cuento. Hay películas y libros que parecen hechos solo para nosotros, nos vemos reflejados en cada página, en cada secuencia, en todo lo que el autor ha querido contar. Fui Viola sí, tengo mucho de ella, durante años amé como lo hace ella, caminé en mi bicicleta blanca como ella en su caballo, tenía pretendientes lanzando piedras a mi ventana y una abuela a la que no le parecía bien ninguno igualito que a sus tías, caprichosa, romántica hasta el extremo, sensible, loca. Fui Karen sí, amante de los cuentos, sola en una tierra que no es la suya, pelo ondulado, tierna y fuerte, luchadora, llena de miedos, frágil, sin destino claro. Como a ellas, durante mucho tiempo, se me olvidó que sólo siendo uno mismo se es libre. Y pedí si me amaban, que se bajaran de los árboles o que no fueran a cazar, grandes demostraciones de un amor que yo creía era el auténtico, el de mi cuento. Pero cuando mis ruinas acarician mi frente sé que soy el cazador blanco y el barón, que creo fervientemente en ese espejismo de intentar ser uno mismo, que en este infierno en el que vivimos, busco a aquellos que no lo son, aquellos que irán a cazar siempre, amen a quien amen, y que nunca pondrán sus pies en el suelo. Que la mayor demostración de amor es dejar que el otro sea quien es y sólo siendo uno mismo se es cuento, se es grande, libre, auténtico, cielo. Sí, soy Denis y Cossimo, ellos tenían una tierra sin fronteras y una casa en los árboles, yo tengo alas y desván. Todos mis sueños son mi cuento, son yo.
No sé si alguna vez volveré a ver a Asdrúval de Vros, tal vez no, quién sabe, pero esta mañana al volver del instituto compré una brújula verde. Si algún día lo encuentro al doblar alguna esquina, o en la sala oscura de un cine, o en las calles de mi ciudad caminando entre la gente, se la daré, como Denis a Karen, para que sepa que soy libre, que soy Cossimo Piovasco di Rondó, que me atreví, que por fin sé qué es el amor.
