Tardes de verano
Julio 2009
El verano siempre fue una especie de agujero negro en el tiempo, un túnel, un retiro de la vida.
Me alisaba el pelo, vivía con la abuela y mis dos hermanas, vestía como un chico. Las peores alumnas de mi curso eran mis amigas, todas guapas, coquetas, siempre a la última. Se sentaban al final de la clase, se pintaban en los recreos; yo me sentaba en la segunda fila, con Mª Ángeles, una chica solitaria, con gafas, inteligente, diferente. Nos gustaba la literatura, el latín, adorábamos a Charo la profesora de Física, andrógina, cascarrabias, con aquellos retos imposibles que sólo nos interesaban a nosotras dos. Yo era linda, pero estaba empeñada en esconder ese tipo de belleza. El único recuerdo que conservo de mi madre de la infancia es su obsesión por ponerse a mi lado en las fotos. Parecía que mi único valor era lo guapa que era, todo lo demás ella no lo veía. Así que pasé mi adolescencia buscando miradas que vieran en mí mis otras caras. Desde mi vestuario gris de varón me convertí en la líder de la clase. Organizábamos fiestas los fines de semana en un piso que alquilábamos, sí, yo también era ésa. Todos los niños guapos de la ciudad se daban cita allí los sábados a partir de las siete. Mis amigas iban radiantes, preciosas, con sus polvos de Egipto en las mejillas, faldas de colores y blusas ceñidas. Yo con pantalones insulsos, jerseys de lana, pelo suelto, cara lavada, un empeño infinito en que me vieran a mí. Los inviernos los inventaba entre todas esas cosas, el grupo de teatro, las fiestas de los sábados, las ganas de que Charo se rindiera y me pusiera un diez, mi uniforme azul marino de mosquetero. El verano era otra cosa, era un roto en el tiempo, era el pueblo, la casa del maestro, una parada en otro universo. Me subía en mi bicicleta blanca y atravesaba las calles, llamaba al timbre y aparecía ella, Mª José, con los ojos hinchados de la siesta. Nos íbamos cada tarde a la Rivera, andando, nos gustaba explotar las pompas que el calor hacía con el asfalto. Merendábamos fresas o lo que encontráramos en las huertas de los alrededores. Por las noches íbamos a Chronos, la discoteca, donde estaban los chicos y el mundo, pero las tardes eran nuestras, para no hacer absolutamente nada, para disfrutar del milagro de la amistad con alguien exactamente igual a ti, para ver la vida pasar. Es cierto que las fiestas de los sábados eran tremendamente divertidas, que tuve amores de invierno porque siempre hay corazones que saben ver más allá de la luz de las estrellas, que Charo me puso tres dieces, que un garçon que encontraba cada noche en Chronos cantaba canciones en mi ventana y me daba la mano mientras me acompañaba a casa, pero la felicidad de saberte correspondida, de saber que hay un ser exacto a ti, alguien a quien no tienes nada que contar, alguien con quien permanecer tardes y tardes en silencio, marcó aquellos años, y con ellos, los veranos.
Llegó la facultad, mis hermanas se fueron a vivir sus vidas, la abuelita y yo nos quedamos solas. Se acabó el olor a paja y humedad de la casa del maestro, mis padres regalaron mi bicicleta blanca a la hija de un vecino. Dejé de alisarme el pelo, me vestí de pebeta coqueta, cambié el uniforme de mosquetero por camisetas y vestidos ajustados, no volví a ver a Mª José. Fue el desmadre, la risa, el ruido, el vacío existencial, la lucha por la identidad, la búsqueda incesante de salvoconductos.
Esa mezcla de mosquetero y de pebeta coqueta soy yo, quizá por eso no me gusten los veranos. Los lleno de cosas, de viajes, de paseos por la playa, de lecturas a la hora de la siesta, de Hugo a todas horas y en todas partes, de festivales de teatro a la luz de la luna, de amigos y familia, de proyectos, no soy capaz de estar sola. Porque en cuanto llega el calor, me despierto oyendo el ruido de la cadena de mi bicicleta blanca, y me veo atravesando las calles empedradas del pueblo y saludando a doña Dolores, sentada en el banco de su puerta, tocando el timbre, yéndonos a la Rivera, teniendo certezas. Ahora me he hecho mayor, y ya no me quedan, y aunque soy la misma que volaba sobre su pájaro blanco, y creo más que entonces en el amor y en mí, una melancolía infinita y constante me invade el alma, la soledad se hace fuerte, oscura, adulta. Me aterra despertar un día y no ser capaz de oír el quebranto de mi cadena, que no existan pompas en el camino a la Rivera, que no haya nadie que sepa ver lo que hay detrás de la luz de las estrellas. Tantas cosas se fueron, ¿me iré yo con ellas?
He llenado mi terraza de tomillo, he comprado un vestido blanco, he subido a casa mi bicicleta. Tengo los salvoconductos, mi identidad, mis rizos llenos de polvo de estrellas. El verano es obstinado pero yo soy una mosquetera coqueta, mi corazón nunca estuvo en venta. Sólo se crece en la osadía, y aunque a veces me invada el miedo, en mi vida siempre existirán pompas, sonidos de cadenas, pájaros blancos, fiestas, caminos llenos de fresas. Doña Dolores me saluda desde el banco de la plaza, Hugo está subido en mi bicicleta, vamos a bañarnos a la Rivera.
