Primavera con esquina rota
Mayo 2009
Mis dedos están llenos de tinta. A mis treinta y ocho años no he conseguido ni una sola vez cargar mi pluma sin mancharme. Se lo enseño a Mario, sentadito conmigo en la terraza. Cada vez le gusta más la foto que da la bienvenida a mi desván. Tiene un jersey azul, bigote blanco estilo bandolero, sonrisa ancha de hombre bueno, mirada provocadora mientras me enseña a restar dando lugar a poemas. Le pregunto si Dios existe. Para mí, vos ya lo sabés, sólo existe Luz. Lo esperaba con la misma edad con la que lo encontró por primera vez en la calle, vestida de blanco y oliendo a durazno.
Llama llorando Maribel. No entiende por qué tiene que pasarle esto a su niño. Esta mañana, durante la operación, dejé en su contestador la canción de Luis Pastor sangre mía adelante no retrocedas la luz rueda en el mundo mientras tú ruedas, pero mientras escucho sus lágrimas no tengo palabras para ella, ni poemas, ni abrazos sin coordenadas. Para Cerruti tampoco. Le llamo así, sin que él lo sepa, desde que le encontré un día en su casa rodeado de rosas blancas, libros, cuadros y caos, con un insuperable traje gris de esa firma. Mario sabe que fue la flecha. Fui a hacer una guardia con un grupo de primero y él había olvidado allí primavera con una esquina rota. Nunca había mirado a ese hombre en todos esos meses como le miré aquella mañana de viernes. Era guapo, elegante, pero no había despertado mi interés. Cuando le reconocí, pensé que tal vez él guardaría en su alcoba el zapatito de cristal. Mi hermano mayor tampoco está, no está esa forma suya de mirar, con toda la ternura del universo en dos esferitas verdes con manchas marrones, no está su dedo tocando su nariz cada vez que va a decir algo con peso. Tampoco estoy yo para cuando la tarde se haga amarga y necesite mi silencio.
A veces, en tardes como la de hoy, la distancia me parece mi mayor enemigo. Quiero pasear de su mano por los pasillos del hospital pero estoy en mi castillo. Quiero oler las rosas mientras su voz lee una carta a Clara, pero sólo escucho a los niños al otro lado de mi terraza. Quiero que me enseñe sus últimos árboles, que me cuente la última aventura de la tía Isi, pero me quedo sin saber cuantos años se ha quitado en los últimos días. A veces, en tardes como la de hoy, tengo que mirarme mucho en el espejo para no olvidarme de todo aquello en lo que creo. Y en una de esas miradas, veo llegar a la abuela y a Bruno, acompañados ahora por Mario, a contarme cosas del otro lado del mundo. Y cantan, y ríen, y me suben en sus alas, y puedo ver a Maribel haciendo reír a su niño, acariciándole el pelo, contándole un cuento, mirando a la ventana porque sabe que he entrado yo a darle un beso subida en el viento. Y observo a Cerruti, buscando el libro de Rulfo, con su traje gris y su olor a rosas. Le bajo la cremallera y él me quita la mano, le desabrocho los zapatos y ronronea. Precioso el nuevo árbol de mi hermano, la tía ha decidido seguir con los mismos años unos cuantos días, la tarde no es amarga, es ocre y llena de pájaros. El polvo de mis alas se limpia con mis sueños. Hasta otra tarde princesa de los vientos. Les sonrío. Van en busca de Luz, yo la mía la tengo dentro.
