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De lunas y gatos

Abril 2009

Asdrúval de Vros me escribió una vez en una de sus cartas que yo nacería siempre después de una Semana Santa.

Parece que estoy en la cubierta de un barco, botas altas, pantalón vaquero, camisa blanca con pespuntes de colores, pelo revuelto, mochila al hombro, río Duero y ella, coqueta y señorial, con sus casas de colores, ventanas blancas y cuadradas, ropas tendidas, tejados teja, el maravilloso hotel Pestana donde algún día dormiré, las terrazas, los barcos de piratas anclados en la orilla, la torre de los clérigos saludando desde lo alto, cielo gris, nostalgia portuguesa, tarde de domingo en Oporto atrapada en mi escritorio.

Durante años llevé pendientes minúsculos, apenas visibles desde lejos, lunas, corazones, perlas de todo tipo y condición. Rosa solía recogerme para bajar a la facultad, nos encantaba una tienda de la calle Meléndez, allí estaban, allí me esperaban. Los veía cada mañana, eran largos, de plata, una luna con un gatito bailando sobre su sonrisa. Me parecían preciosos, diferentes, y una mañana de sábado me atreví. Guardé todos los anteriores en una caja de madera y me subí a la luna. No dejaba de mirarme en el espejo, parecía distinta. En realidad, aquellos eran mis primeros pendientes y, como siempre nos pasa con la primera vez, los adoraba, los mitificaba. Luego les siguieron muchos otros, ya todos largos, grandes, ninguno como aquéllos. Me acompañaban a las primeras citas, las noches de fiesta, las celebraciones. En las navidades de hace seis años perdí uno. Apenas teníamos muebles, acabábamos de comprar la casa, lo movimos todo, busqué por todas partes pero no conseguí encontrarlo. La abuela tenía muchas supersticiones, y una de ellas era lo que podía suponer perder un pendiente. Yo solía reírme pero aquello me produjo una tristeza enorme. La abuelita ya se había ido, y yo, después de aquello, comencé a perder mi vida. Primero se fue mi hermano pequeño, el angelito de la guarda de mi niño. Me quedé delgadita, una talla de mis tetitas se escapó de mi sujetador, me salieron arrugas en los ojos. En Semana Santa su madre me dio una de sus pulseras, era de cuero, con una piedrecita azul turquesa. Durante unos días durmió junto a la luna y el gato del pendiente huerfanito y luego me la coloqué en la muñeca derecha. No volví a sufrir mi dolor de cada mes, el duende que oigo gritar en la terraza se me coló en la barriguita. No era aconsejable subirme a un avión durante los tres primeros meses, así que nuestro viaje a Venecia se esfumó en una góndola y, en su lugar, conocí Oporto, sin saber que esos pasos eran los últimos de una parte de mi vida.

No tengo ni un chavo así que no puedo comprarle una superhabitación a mi duende, pero sí podía regalarle mi desván, el rincón con más luz de la casa, para que viera las rosas de Martel al levantarse y no oyera los ruidos de los coches mientras soñaba. Cogí el teléfono y el día anterior a las vacaciones de Semana Santa dos simpáticos ´chicos de Reto´ vinieron a ayudarme a mover las estanterías, mesas y armarios. Aún no sabía dónde me iría esos días. El castillo estaba patas arriba, Hugo abrió mis cajas, mis tesoros, mis cartas. Cuando creí haberlo colocado todo en su lugar me dispuse a limpiar el suelo, y debajo de mi cama encontré la carta de Asdrúval de Vros, la luna y el gatito. Precioso mi pendiente, aún me quedaba como ninguno, ya sabía adonde quería viajar esta Semana Santa.

La foto es preciosa, mi pendiente no se ve, pero está en el bolsillo derecho de mi chaqueta. Lo llevé conmigo, para empezar juntos de nuevo. Tampoco a él se le ve, pero desde una de las góndolas portuguesas me saluda mi hermano pequeño, pelo largo, camiseta a rayas. Lo bueno del pasado nunca se va, los que nos quieren nunca mueren, lo mejor de nosotros, nuestros sueños, permanece intacto en el tiempo, como Oporto, callada y constelada, gris, melancólica, casi perfecta, el lugar donde me tocaba nacer.

Busco en los escaparates, serán de plata, grandes y diferentes, no sé si con sonrisa, gatito, o luna, pero los adoraré, los mitificaré, como hacemos siempre con la primera vez.

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