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Cenicienta

Marzo 2009

No sé muy bien qué les ocurre. Primero se oscurecieron, se tiñeron de un malva amarillento realmente horroroso. Después comenzaron a levantarse, poco a poco, sin hacer a penas ruido, calladamente. Luego se ondularon hasta finalmente ir cayéndose a trozos. Las curo cada noche, las cubro de líquido para que no se infecten, duermen entre algodones. Al principio sólo eran las más grandes y fuertes, esta noche se ha caído una pequeñita. La he encontrado entre las sábanas, al otro lado de nuestros sueños, junto a Héctor, el conejito de mi niño.

La tarde de aquel otoño asumía todos los grises más densos, sábado, nuestro coche blanco dibujaría de luces el camino, vería a los amigos, comería las maravillosas natillas de Irma, ayudaríamos en su disfraz a ese maestro vital y jugador, entrañable, siempre observado por mamá, siempre tan bonita, queriéndole y odiándole a la par, preciosa, con algún traje nuevo que ella misma hacía con la última tela de fuera lo que fuese que hubiera llegado a sus manos. Me peinaría durante un buen rato para deshacerme los ricitos, raya al lado, horquilla a la derecha, me vestiría para que estuviera casi tan linda como ella. Me pintaría los labios a escondidas y me sorprendería haciendo gestos delante del espejo. Estaría Juanjo, con alguno de sus jerseys de lana, siempre retándome a ver quién era el más listo de los dos. Aún  Mª del Carmen y papá no nos habían pillado en la despensa de la casa del médico fumando cigarrillos, eso pasaría más tarde, un miércoles de febrero en Morasverdes, eso no me lo arrebataría una fiebre de cuarenta grados como la que aquel sábado me dejó en casa con la abuela, sin luces, sin natillas, sin retos. Dormí durante horas, en aquella alcoba detrás del salón en la casa del arrabal, la abuelita velándome pacientemente. De súbito desperté, todo había pasado ya, tenía mucho calor y me destapé. Recuerdo nítidamente la cara de la abuela, como se llevó las manos a la cabeza y el chillido que estampó sobre mis pies. Me habían crecido dos o tres tallas, eran inmensos, totalmente desproporcionados con el resto de mi menudito cuerpo. Parecían infinitos, delgadísimos, huesudos, interminables. A mí me hacían gracia, no entendía muy bien la inmensidad de la tragedia, era una nena, miraba al mundo con ojos de recién llegada. Dios santísimo, son los pies de un niño. Luego papá me contó que durante más de mil años, hasta bien entrado el siglo veinte, las normas de belleza prohibieron que el pie femenino creciera y que en China, se impuso la costumbre de vendar los pies de las mujeres desde la infancia. Él no tenía ni idea que mi cuento favorito era el de Cenicienta, que me parecía mágico que un zapato entrara solamente en el pie de una mujer, que aquellos pies grandes a mí no me los iba a atar nadie, que todas las mujeres que yo iba a ser, tendría siempre, como entonces, la maravillosa costumbre de nacer con frecuencia, tendrían pies grandes, libres, prolongándose hacia el infinito. Se convirtieron en mi seña de identidad, soñaba que era mucho más libre porque mis pies no tenían fin ni estaban sujetos a ninguna norma machista, atávica, represora. Subida en ellos construí mi propio universo, son el alma de mis alas, y ahora que soy una auténtica Cenicienta, sus uñas se deshacen entre mis sábanas mientras sueño. No sé qué quieren contarme, tal vez quieran recordarme que los que no tenemos cadenas crecemos como el árbol de la vida, al revés, entregando lo mejor de nosotros, nuestras raíces, a los vientos del mundo. A veces, lo que existe a este lado del tiempo, me pone del derechas, y entonces soy sólo ramas y flores, no doy más, no valgo más. Tal vez sea el principio de un nuevo fin, y empiece mudando lo que está oculto, lo más importante, lo que me da nombre.

Me pinto los labios de rojo, hago muecas en el espejo, soy casi tan linda como mamá.

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