Cielo sobre Berlín.
Febrero 2009
El viaje a Berlín lava nuestra ropa. Clase AA, no fumadores, de color, con vistas siempre más allá de nosotros mismos.
Era miércoles, día del espectador. Había un ciclo de películas, como todos los años, organizado por la escuela de idiomas. Juan y yo habíamos quedado para bajar a la biblioteca de la facultad de Geografía e Historia. Nos gustaba, no había nadie de matemáticas ni físicas por allí, eran todos diferentes a los nuestros, pelos de colores, camisetas a rayas, cazadoras de ante. Nadie era gris, calvo, con gafas. Allí nuestros pelos largos y rizados se expandían como el universo. McDonald´s aún no había colonizado el rincón más bohemio de Salamanca y nos tomamos nuestro té en El Corrillo, sentados al lado de la cristalera, viendo ir y venir enamorados, estudiantes, solitarios, parejas, jubilados, hojas, viento, sueños, uno frente al otro, como cada tarde de aquel curso. Él llevaba el pelo atado con una goma negra, yo siempre suelto. Yo me sentaba de espaldas a la puerta, él de espaldas a la barra. A veces nos cambiábamos de sitio, entonces él se soltaba los rizos y ataba los míos en un moño ladeado ligeramente a la derecha. Cielo sobre Berlín, anunciaba el periódico, de Win Wenders. Por qué no, la física cuántica y su micromundo podían esperar. Última fila, sala de cine completa, ni la menor idea de que Wenders había robado mis cuentos del desván.
Paseamos hasta casa en silencio, mi rostro mojado por las lágrimas, Juan sin atreverse a decir nada, frío de febrero, carpetas en la mano, la luna de carabina, adiós en la vía del tren, ‘ya decía mi padre que tú creías en los ángeles’.
Muchos son los que dicen que sólo irán a París cuando estén enamorados, yo después de ver el cuento de Wenders marqué una fecha en el tiempo para pisar Berlín. Nada tenía que ver con el amor, o tal vez sí, con el amor a uno mismo. Subí a casa y se lo dije a la abuela mientras nos tomábamos nuestro cola cao con galletas. Me miró como me miraba siempre cuando le decía alguna de mis cosas, y se fue caminando por el pasillo con su vaso de agua y su redecilla gris en el pelo, ‘naciste para ser una princesa pero tu padre es maestro deja ya de soñar’. Ella sabía, se lo había contado yo, que alguien había dejado unas alas verdes para mí en el desván, y que desde los cinco años las llevaba puestas. Era imposible no soñar. Pero aquellas alas eran prestadas, eran herencia de algún ángel desconocido, no eran de mi talla, a veces se me caían, o las olvidaba durante un tiempo. No sabía muy bien quién era, no sabía amar, no sabía volar, no sabía ver más allá de mi nariz. ’Abuela, algún día tendré mis propias alas, y cuando esté orgullosa de ellas, iré a Berlín’.
No sé nada de Juan desde hace muchos años, la abuela se fue, El Corrillo desapareció lo inundó la mediocridad. Ya no voy a ningún ciclo de películas de la escuela de idiomas y mi asignatura favorita y su micromundo se han vuelto indescifrables para mí. Pero he vuelto a dejarme el pelo largo, y ya, a pesar de que es grande y poderosa, sé ver mucho más allá de mi nariz, ya sé qué es amar, ya sé volar. La abuela me las limpia, las acaricia, ya no se mueven, ya sé de quien son.
Un señor muy simpático que vino a arreglar mi lavadora se fue sin poder hacer nada. Así que tuve que coger mi viaje y elegir una nueva. A veces me siento delante de ella y me ato el pelo en un moño ligeramente ladeado a la derecha. Soplan nuevos vientos, en mi desván huele a Berlín.
