Táctica y estrategia
Enero 2009
Las guardo en un estuche enorme, que llevaba al colegio cuando era pequeña, con Mafalda correteando de acá para allá garabateando líneas nada rectas de todos los colores. Las he colocado frente a mí, son muchas, también hace mucho que tuve quince años y me regalaron la primera. Era blanca y llena de estrellas, qué bien se volaba con ella. Mi letra empezó a ser diferente, también yo.
Este año les pedí a los Reyes que me trajeran una parecida, plateada como la luna. Había decidido que después de tres años utilizando la misma era hora de cambiar. Empezaba el año dos mil nueve y el nueve es mi número por excelencia. La abuelita nació el año nueve y yo nací un día nueve. El setenta y nueve me rendí, yo era una niña, no era como ellos, me dejé el pelo largo, me puse linda. El ochenta y nueve se terminó la adolescencia, perdí mi primer preservativo en la habitación de mis padres, comencé la facultad, dejé de ser la primera de la clase para convertirme en una más. El noventa y nueve se acabaron dos años duros, los más duros de mi vida, aquella sensación irremplazable de soledad, de estar perdida, de no saber donde estaba mi desván. Hoy es trece de enero de dos mil nueve y tengo un trocito de la luna entre mis manos.
También ruinas en mis espaldas, residuos de palabras que no se dijeron cuando yo quise haberlas escuchado, rencores contaminados con los años que huelen a tristeza y decepción, arrugas en el alma de lágrimas y olvidos, sentimientos desgastados con los años, ilusiones que se perdieron en el tiempo sin dejar la más mínima huella, ninguna posibilidad de volver a creer en las certezas que ayer me hacían estar viva, una desmemoria gris que se ha apoderado de mí en los últimos tiempos, como si ya no supiera quien soy, como si de pronto no fuera capaz de seguir teniendo nueve años. Los números me han dado la señal de alarma, me han despertado del letargo, me han hecho una coleta en el pelo y me han puesto frente al espejo. Y aquí estoy, con un jersey de lana naranja y mi trocito de luna, adivinándome. Sonrío, paso el trocito de luna por mi nariz, no huele a nada. Se escapa uno de los caracoles de mi pelo y lo peino como hacía día tras día mi mamá, intentando tener lo que nunca tuve y que durante muchos años deseé. Recuerdo como me colocaba una horquilla, como a la nena de El Sur, porque los rizos de la frente eran los más rebeldes. Y viene a mi desmemoria el año antes del noventa y nueve, cuando tuve que cortarme el pelo a lo garÇon porque la tristeza lo devoraba y poco a poco me iba quedando sin él. Cada mañana me miraba en el espejo, echando de menos lo que durante tantos años eché de más, mis entrópicos rizos, porque aquella que me miraba desde el otro lado no era yo. Enredo el trocito de luna en mi cabello, se escapa una lágrima de mi ojo derecho, busco desesperadamente una horquilla, no tengo. Nadie peina mis rizos, nadie los deshace y nadie, más que yo, va a recordarme nunca quien soy.
He decidido romper las mil y una cadenas que me han amarrado a tierra durante estos largos meses. Y con mi trocito de luna escribo ese maravilloso poema de Benedetti, porque los años me han hecho aprender como soy, a quererme como soy, y ya no me vendo simulacros para que no haya telones ni abismos, y sí, me necesito, sin comos y sin pretextos.
Es una waterman preciosa, es fácil adivinar que alguien como yo coleccione plumas. Pese a la escarcha y a los miedos, los del reino de las alas, nunca dejamos de volar.
