Dagas voladoras
Diciembre 2008
El sol invade mi terraza. Las rosas de Martel están tristes pero en pie, luchando contra diciembre, lideradas por un pequeño capullo blanco que se niega a rendirse mientras me saluda altivo a través del cristal de la ventana mostrándome qué es la belleza. La hiedra, rebelde como todos los inviernos, corretea libre por las paredes sabiendo que no voy a decirle nada, puede hacer lo que se le antoje hasta que llegue el sol de febrero y el duende y yo nos pasemos horas y horas vigilándola desde nuestros juegos. El naranjo encapuchado como un nazareno se resguarda del frío, es delicadito y coqueto, su naranja se cuela por uno de los agujeros de su caperuza para no perderse ni un segundo del mundo chivándoselo todo a él. Los farolillos están llenos de polvo, solo la abuela cuando viene a verme se ocupa de la terraza, acaricia sus geranios y quita las hojas muertas dejándomelas tendidas en el suelo como si hubiera sido el viento. Sabe que me gusta verla así, desordenada, como un jardín perdido en medio de una ciudad, sin rey ni patrón, sin nadie que la gobierne, la dirija, decida por ella, libre, echándome de menos.
El duende está con su papá, yo en casa con Joao Gilberto. Mientras él canta yo miro a Ingrid y a Humphrey brindando con champán antes de separarse para nunca. El miércoles estuve a punto de presentárselos a los chavales de mi tutoría, les había robado algunas horas para darles clase de matemáticas y debía cumplir mi promesa de ponerles una buena película. Fui cobarde y no me arriesgué con el blanco y negro, no les hubiera perdonado que no les gustase Casablanca y elegí La casa de las dagas voladoras. El día anterior había colgado de las paredes del instituto varios carteles de la película para despertar su interés, pero ninguno de ellos se había fijado. Comenzaron a quejarse, no querían ver una película china. Los profesores somos expertos en hacer caso omiso a cualquier tipo de queja, así que conecté el vídeo, quité subtítulos, elegí castellano y me senté en la última mesa para divisar desde allí, solita, la maravilla. Para mi sorpresa, Zhang Yimou despertó su interés, y a diferencia de los cinéfilos puristas, a ellos les encantó esa mágica forma de combatir. Sonó el timbre para salir al recreo, pero ellos decidieron quedarse a ver el final, única y exclusivamente para cerciorarse de que Zhang Yimou había escrito el mismo que ellos. Tremenda decepción.
Cuando tenía seis años subía al desván de la casa del maestro a escribir cuentos. Luego se los leía a Luisa, el médico del pueblo, que me preparaba una merienda excelente como premio y me decía al oído que me quería mucho. Tenía muy claro qué era el amor y cual debía ser el final de cada historia. Me busqué el miércoles por la mañana cuando todas aquellas caritas me miraban fijamente esperando que les explicara porqué ella se va, pero estaría distraída en el desván y me quedé allí, desnudita, sin respuestas. Es tan difícil explicar que el amor está inmerso en la vida, y que es la vida lo que no se entiende. Cómo explicarles que no siempre se puede elegir el amor, y que puede ser muy digno no hacerlo. Cómo contarles que la vida está llena de finales y que es el principio el que es feliz. Cómo hablarles del cariño, el respeto, la deuda, el compromiso, la cobardía, la duda, las circunstancias, la conveniencia, la rutina, las obligaciones, el cansancio, la costumbre, el convencionalismo, la norma, la culpa. Cómo hacerles recorrer quince años en un recreo. Cómo decirles que vivo sola porque creo en el amor. Cómo contárselo yo, que tengo delante junto a poemas y canciones, decenas de fotos de películas, y mientras escribo esto juguetea entre mis dedos un lápiz pequeño que utilizo de cigarrillo ocasional tal y como hacía en aquel desván. Cómo explicarles que, precisamente porque entiendo ese final, la única cosa en la que creo en este mundo es en el amor.
Sé que la abuelita viene cada noche a acariciar mi pelo, a apoyarse en el marco de la puerta para decirme que es tarde y me tengo que ir a la cama. Es el corazón el que hace que yo escuche sus pasos recorriendo el pasillo, y recoja las hojas que reparte por el suelo, y escuche su voz diciéndome que nunca seré una mujer de provecho, o sus oraciones al lado de mi cama pidiendo a su Dios que no me duela tanto. Sé que mi hermano me lleva cogida de la mano, que nunca estaré sola, que él luchará contra todos los gigantes para que nunca me pase nada, que vendería su alma por mí. Sé que sería capaz de renunciar a lo que más quiero en este mundo, mi libertad, por la de mi niño. Y sé que existe algo mágico, inevitable, irracional, fascinante, prodigioso, sempiterno, inmarchitable, conmovedor, imponderable, que llamamos amor, algo que sentimos una o ninguna vez en la vida, algo que no sabemos si nos va a hacer felices, si la vida nos dejará darle alas, pero que nos hace grandes, y libres. Nada importa el final de la historia, porque al final de la nuestra lo único que nos queda es el amor.
