Lucha de gigantes
Noviembre 2008
Antonio Vega cantaba el jueves en La Bola de Cristal. Apareció vestido de negro, con el pelo largo y alborotado, extremadamente delgado, con un sombrero precioso de protagonista de una película de cine negro, su guitarra, esas ojeras que han borrado prácticamente su rostro dejando solamente una mirada melancólica perdida en el espacio, una boca casi vacía de dientes, manos largas y huesudas, tristeza infinita. No conocía al chico de al lado, pero nuestras voces se hermanaron tarareando al unísono todas las canciones. Cuando comenzaron los acordes de Lucha de gigantes los dos levantamos el brazo derecho como síntoma de absoluta emoción, deseando oír “y mis tonterías para hacer tu risa estallar”. Nos dimos un beso al final del concierto y nos regalamos una sonrisa. No nos habíamos visto nunca, y probablemente no volvamos a hacerlo jamás, sin embargo, compartí con él mucho más de mí de lo que comparto con otros que sí forman parte de mis días. Porque yo ¿quién soy en realidad?
Decidimos tomar una cerveza. La media de edad era elevada, es posible que yo fuera de las más jovencitas del local. Hace algunos años me hacía ilusión que ocurriera eso, aunque ahora, estoy en ese momento en el que me miran muchísimo más los hombres que los chicos, en ese momento en el que una tiene que asumir que se ha hecho mujer, aunque el azar quiso que esa noche el chico más joven de la sala se acercara a hablar conmigo. Charlamos durante unos minutos y a lo largo de la conversación me preguntó cuál era mi trabajo. Soy profesora de secundaria. Qué especialidad, preguntó él. Cuál crees. Dijo que tenía toda la pinta de ser profesora de lengua y literatura, yo me sonreí, me lo han dicho tantas veces que alguna vez cuando entro en clase me entran ganas de hablar de Pedro Salinas. Ante mi sonrisa burlona se la jugó con la especialidad de historia. Luego vinieron los idiomas apostando fuerte por el francés hasta darse por vencido. Que difícil es ver quienes somos, quizá porque ni siquiera nosotros mismos lo sabemos.
Tal vez todos seamos la mitad o el doble de algo. Yo soy el doble de la profesora de matemáticas que pasea por los pasillos del instituto, la mitad de la niña que fui, el doble de la madre de Peter Parker cuando mi niño se levanta a hacer pis y se cuela en mi cama envolviéndome en sus sueños como una tela de araña, menos de la mitad de lo que me gustaría ser, el doble de sensible y frágil de lo que puedo parecer, la mitad de capaz de lo que los demás creen, mi nariz se ha convertido en el doble de lo que era y mis pechos en la mitad, las marcas del tiempo están empezando a ocupar la mitad de mi rostro y mis sueños el doble de mi corazón, mis amigos son la mitad de los que fueron hace años aunque valen el doble, trabajo el doble pero tengo la mitad, los demás no ven de mí más que la mitad de alguna de mis mitades aunque a alguno de ellos me gustaría enseñarle el doble, creo en los angelitos de la guarda y en el amor el doble de cuando tenía menos de la mitad de los años que sumo, duermo la mitad y sueño el doble, sigo deseando el doble y nunca conformándome con la mitad.
Con el paso de los años uno va aceptando no saber muy bien quien es, las circunstancias desconocidas nos reflejan nuevas identidades en el espejo, y no dejamos de descubrirnos, reescribirnos, inventarnos. No somos más que una incógnita que siempre falta por despejar. Tal vez por eso me guste tanto la vida, tal vez porque a pesar de que mis certezas se hayan reducido a mucho menos de la mitad, sigo reconociendo en mí los sentimientos que me otorgan nombre. Ahora soy la madre de Peter Parker, la princesa del castillo de Isla Tenerife y la profesora de matemáticas, sigo sin saber reírsoñardarsentiramar a medias, así que no me importa saber quien soy.
