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El banco verde

Octubre 2008

Llegaron el miércoles en la caída de la tarde, sin prisa, como de costumbre, Don Modesto no conoce el significado de esa palabra. Mi madre entró muy contenta en el castillo, “voy a enseñarte a hacer puré de verduras, tortilla de patatas y los macarrones al horno de la abuela”. Tengo que aprender a cocinar, exigencias del guión. ´De acuerdo mamá, los macarrones el viernes´. La abuela me tiró del pelo, yo sonreí.

Los últimos años de su vida yo no cambiaba nada, la mía me gustaba lo bastante como para querer conservar intacto todo lo que tenía. Pero antes de todo eso, el viernes de septiembre anterior a la entrada del otoño cambiaba enterito, parte por parte, rincón por rincón, mi desván.  Ya no era la buhardilla de la casa del maestro, con vigas de madera enormes llenando el techo, y ese olor a paja y humedad que empapaba mi pelo y perfumaba la almohada de mi alcoba. Era la última habitación de un cuarto piso, herencia directa de la fuga de casa de mi hermano, con vistas a animales mitológicos en los que por las noches viajaba hasta que su traqueteo despertaba a la abuela, caminaba hasta mi habitación, subía mi persiana y caía de bruces en la realidad.

Solía quedarse en el quicio de la puerta algunos minutos hasta que enfermaba y recorría de un extremo a otro el pasillo intentando entender qué había hecho ella en esta vida para tener que soportarme. Se convirtió en una costumbre, el viernes de septiembre antes de la llegada del otoño cambiaba la cama, las estanterías, las fotos, los poemas, los dibujos, los mapas, los libros, todo menos mi sillón al lado de la ventana. Tenía la sensación de que con el otoño empezaba mi vida de nuevo, quería ir a otros lugares, conocer otras gentes, y todo aquello no era más que una llamada de atención al futuro cercano, una forma de decir que todo en mi vida, salvo el rincón desde donde soñaba, era susceptible de cambio.

El viernes diecinueve, mientras mi padre, don Modesto, el maestro, disfrutaba en el patio del colegio recogiendo a su nieto rodeado de niños, mamá me esperaba en la cocina. Ella no sabe que es una fecha marcada en el tiempo, que los macarrones de mi abuela me hacen llorar, que huelen a paja y humedad, que son como aquellos animales mitológicos grises llenos de ventanas viajando a todos aquellos años en los que me esperaba sentada en el rincón derecho del sofá, para irse a la cama unas horas después, con su pijama rosa y su redecilla gris, intentando en sus sueños que yo no me escapara de este mundo en ningún tren.

Después de comer nos despedimos de papá y mamá, Hugo se sentó a jugar con la plastilina y yo comencé a moverlo todo, poemas, mesas, cuadros, mientras Bruno y la abuela estaban sentaditos en la terraza, preguntándose si sería capaz de cambiar lo que nunca cambié, el banco verde. Me senté con ellos, no me había lavado los dientes ni había tomado postre, el sabor de los macarrones al horno permanecía intacto en mi boca. Y comenzó a sonar cada vez más alto, el traqueteo del tren, ése que a veces me despertaba por la noche o me dormía por el día, el bramido de aquel animal mitológico que me hacía soñar con otros mundos, otras gentes, otras vidas.

Ya no lo veo al mirar desde la ventana, el rincón desde donde sueño es mi corazón, todo lo demás es susceptible de cambio.

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