Un comienzo
Septiembre 2008
Al otro lado de la ventana el frío golpeaba el cristal con sus uñas heladas. Daba la sensación de que la casa había encogido bajo su peso blanco. Algunos de mis recuerdos aprovecharon para esconderse en sus rincones buscando un calor que el abandono les había negado y adquiriendo la apariencia de telarañas cargadas de polvo y años.
Mi nostalgia se impregnó del mismo olor a madera húmeda que ya había cuarteado los cuadernos que dormían sobre una mesa donde aún se mecía en un sueño de náufragos un pequeño bajel pirata de mástiles quebrados, velas vencidas, y en cuya cubierta se leía con dificultad un nombre en blanco desleído: barok.
Abrí un cuaderno con un gesto sin instinto pero con el cuidado requerido para la sorpresa.
Los rasgos de su piel se mostraron mudos durante un instante mínimo pero eterno, el tiempo en que el reconocimiento dudó en si sentirlos ajenos o lejanamente propios.
Entonces volví a mirar a través de la ventana con una cálida esperanza prendida en mis ojos: que el invierno avanzado se enamorase de la noche.
