La princesa del agua
Agosto 2010
Me encantaba su pelo, moreno y liso, largo, recogido en una coleta para salir a la calle, y suelto y alocado para preparar mi merienda, o leer mi último cuento, o contarme algún sueño. No sé cuántos años tenía cuando llegó al pueblo, pero sí recuerdo que papá comentó durante la comida que había llegado el nuevo médico, era una mujer y venía sola, con dos perros, uno blanco y otro negro. Al final de la calle donde estaba la casa del maestro, torciendo a la derecha, estaba la del médico. Antes de conocerla supe su nombre, Luisa, y también buena parte de los cuchicheos que rondaban las esquinas del pueblo. Decían que vivía con ella un barbudo, que no trabajaba y que no estaban casados. Aquello era terrible, ¿cómo podía ser posible? Qué desfachatez. Algunos hasta amenazaban con no ir a la consulta porque allí olía a pecado.
Todos los médicos pasaban siempre por nuestra casa, en aquellos años el maestro era el eje en torno al cual giraba la vida de aquel lugar, y Luisa, también lo hizo. Así descubrimos quién era aquella loca que aterrizaba en ese pueblo castellano perdido en el mapa, con aquel barbudo vago y desalmado. Aquella mujer que olía a pecado fue mi mejor amiga de la infancia, mi faro, mis primeras alas. Era tierna, linda, dulce, hospitalaria, buena, y por supuesto, era libre, muy libre, tanto como para que no le importara lo que pensara nadie, tanto como para no dejar de ser nunca quien era. Cuando salía de casa mamá solía decirme ´vas a cansar a Luisa, deja de leerle tus cuentos, déjala estar en su mundo´. Pero yo nunca sentí que molestara, al contrario, junto con mi desván, las paredes de aquella casa eran mi mejor refugio. Una tarde de invierno, fría y blanca, me enseñó una foto de una ciudad, una ciudad donde las calles eran de agua. Me dijo que estaba en Italia, que se llamaba Venecia, y cogiendo sus tijeras azules del primer cajón del armario del salón donde siempre había margaritas, la recortó y me la regaló. Subí la cuesta que llevaba a mi casa navegando en una góndola verde, soñando con volar algún día sobre esas calles, ver esos palacios, sentir su humedad en mi piel. Mi fantasía se llenó de barcos, de gondoleros enamorados de princesas, de piratas saqueando tesoros. Yo quería vivir en aquella ciudad. Durante años la imaginé a mi gusto, diseñé su arquitectura, sus colores, su anochecida, las luces y las sombras del agua, sus rincones llenos de amantes y poetas, sus puentes llenos de flores, su luna. Y cada noche, subidita en las siete estrellas del carro, trazaba la línea recta que se encuentra con la estrella polar y, recostada en una de sus mejillas, viajaba hasta Venecia. Alguna mañana, cuando mamá me despertaba para ir al colegio y el tapón de la bolsa del agua caliente se había soltado, yo sonreía feliz viendo mi cama empapada, soñando que era cierto, que había pasado la noche caminando sobre el agua.
Hoy por fin sé cómo huele Venecia, después de tantos años, tantos piratas y flores, fui, me planté allí, en un tren de segunda clase, directamente desde Bérgamo sin ningún revisor que manoseara mi billete, con el ruido de los raíles sobre la vía, y mi corazón empapado. Es mucho más bonita que ninguno de mis mejores sueños, y huele a humedad, como mi desván. Las lágrimas inundaron mi rostro, el hombre que estaba sentado en el asiento de enfrente me miraba con ternura, como se mira a los niños emocionados ante los reyes magos, y yo, radiante de felicidad, me dejaba abrazar por la estrella polar. Mi maleta roja y yo habíamos llegado al fin, nuestra ciudad a nuestros pies, belleza infinita. En Campo San Maurizio encontré un lugar en el que quiero vivir, una terracita verde suspendida en el cielo, o tal vez la casa llena de flores burdeos al lado de la Fenice, o en la casa de la esquina junto al lado del palazzo Contarini del Bóvolo, o en Campo dei Frari, o al lado de la casa de Mozart en honor a Denis Finch-Hatton, o en cualquier casita de Dorsoduro, o en el barrio judío, allí, sí, o en una góndola. Ningún rincón, casa, puente, arco, ventana, esquina, edificio, puerta, calle, terraza… fea, innoble, desangelada, sin gracia, sin luz, sin aliento, sin magia. Cuatro noches y cinco días en mi cuento de hadas. Desde el puente de la Academia les vi, con su barba, su pelo negro, su libertad, su amor, abrazados en la escalera de caracol, saludándome.
El árbol que está frente a la ventana de mi desván tiene la tristeza agazapada en sus hojas, cansado de un verano tan largo, de este calor insoportable que lastima su verdor, su belleza. Lo miro y me solidarizo, yo también estoy triste, cansada, esperando al otoño y sus colores, agotada de estío. Hasta entonces, hasta que las hojas de los árboles inunden las calles y todo se vuelva insultantemente bello, bailo sobre la mejilla de la estrella polar, mojándome en esa concavidad, esa existencia, ese refugio abierto, esa mano extendida al aire. Pisé sus calles, tuve mis sueños bajo mis pies, rozando mis alas, supe que es verdad, que existe, que todos los cuentos de mi infancia y mis ensoñaciones tienen un nombre, y me siento imbatible frente a la adversidad.
Tenían dos perritos, el negro se llamaba Fiera y el blanco Laila. Tenían barba y pelos largos, tenían coraje y sueños. Dos seres extraños en aquella rancia España de los setenta, que sigue siendo igual treinta años después. Yo bajé a leerles un cuento, y fueron ellos quienes me lo contaron a mí, un cuento inolvidable del que no quiero salir.
