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A falta de seis

Mayo 2010

Ramiro miró fijamente a Luis. Éste le devolvió una mirada débil, casi vacía, hasta que cerró sus párpados durante un lapso de tiempo suficiente como para ser interpretado como un gesto deliberado.

Ramiro inspiró profundamente aceptando la responsabilidad. Pensó que haberlo hecho mal o bien durante las últimas dos horas carecería de importancia frente a lo que ocurriría en los próximos dos minutos que, con toda seguridad, de una u otra forma, sería recordado durante días.

Y en la mirada de Luis había comprobado que todo dependía de él.

Hasta ese momento, en muchísimas ocasiones, Ramiro había dominado la estrategia de hacer ceder al contrario ejecutando movimientos basados más en la forma que en la razón. Le divertía hacerlo y le resultaba fácil modelar sus tácticas aprovechando el conservadurismo de sus oponentes. Pero ahora era distinto porque se había incorporado un nuevo elemento: la gravedad del abismo de lo definitivo, el todo o la nada. Ahora, sin escapatoria, cualquiera se convertiría en un enemigo peligroso.

Intentó adaptar los cálculos que ya había realizado previamente con la máxima rapidez. No tenía muchas opciones. Sabía que esta vez no solo bastaba con hacer creer a sus oponentes algo distinto de la verdad, también que el azar podía imponer sus reglas en una ecuación en la que no estaba despejada la incógnita de cuáles eran las armas del enemigo, cuando vio un gesto entre sus contrincantes que, lejos de hundirle, le supo a gloria: el de la derecha había guiñado un ojo a su compañero.

Entonces Ramiro sonrió levemente y apuntó con el dedo índice de su mano a Paco, el adversario que tenía a su derecha.

-      ¡Habla! –, le dijo en tono tranquilo pero rotundo.

-      ¿Estás seguro? ¿No quieres darte una oportunidad? -, le contestó el otro sin mirarle, sonriendo muy ufano, alegre de la decisión de Ramiro.

Luis dudó durante un par de segundos, antes de entender que esa había sido la respuesta de Paco, la que debía entenderse como tal, y entonces se limitó a levantar la palma de su mano en señal de que nada tenía que hacer o decir. El mismo gesto, pero más ostensible, hizo Nacho, el que se colocaba a la derecha de Luis, es decir, a la izquierda de Ramiro.

Así pues ninguno de los tres había querido abrir la lucha, todos habían pasado.

El azar es consustancial a todos los juegos pero hay algunos en los que no puede recurrirse a él para explicar la derrota. El componente humano adquiere tal peso que ganar viene a ser sinónimo indefectiblemente de ser mejor que el contrario.

Ramiro y Luis necesitaban seis puntos para ganar, y Paco y Nacho solo uno. Un punto que, como evidenciaba el guiño que había visto, podían ganar en el “juego”. Por eso Ramiro había apostado a que no iban a arriesgarse a ganarlo antes. Así es que se lo jugó todo a “grande” y a “pequeña” mientras miraba a su compañero fingiendo una mueca de desesperada resignación.

Supo que los otros tres se revolvían en sus sillas, los conocía muy bien. Luis porque no las tenía todas consigo, le gustaba jugar con seguridad, no arriesgaba casi nunca y por eso le costaba confiar en Ramiro, aunque en esta ocasión no le quedaba otra alternativa. Paco tenía en su mano la jugada ganadora; sus cálculos no querían prever otra opción. Nacho estaba en peor lugar: la jugada la tenía su compañero y solo podía decidir no respetar esa situación, jugándoselo todo, si tenía ley para hacerlo; de lo contrario sería un genio si ganaba, pero un villano y objetivo de todas las burlas si perdía.

Y es curioso como hay un momento cumbre en el que en vez de intentar ganar muchas veces se busca una coartada para la derrota.

-      Bueno, bueno, bueno, veo que nadie quiere estos dos chinos, así es que son míos -, dijo Ramiro moviendo sus manos con exquisita rapidez al llevar al centro todos menos uno de los “chinos” que tenía y haciendo gestos a Luis para que metiera en el centro también los suyos. – Estamos a falta de cuatro y hablamos de “pares”. ¿Tienen ustedes “pares”? -, preguntó con mucha sorna esta vez, a sabiendas de que sus cartas no hubieran valido para ganar esas dos jugadas y de que no solo se había salvado sino que la partida estaba en sus manos.

Paco negó con la cabeza moviéndola dos o tres veces hacia ambos lados, así es que Ramiro dirigió la mirada a Nacho, que se mantenía en silencio, empezando a notar cierto mal sabor de boca.

-      Llevo -, acabó diciendo.

Ramiro se hizo el despistado. Era su momento e intentó disfrutarlo al máximo. Primero se dirigió a su compañero.

-      ¿No llevabas “juego”, no?

-      Eso tampoco -, le contestó Luis.

-      ¿A qué viene hablar de “juego” ahora? Estamos en “pares”-, objetó Nacho molesto. - ¿Tienes “pares” o no tienes? -, añadió mirando a Luis.

-      Ya he dicho que tampoco -, respondió éste levantando un poco la voz.

Ramiro no pudo impedir dibujar una sonrisa.

-      Nacho espero que entiendas que no me queda más remedio que jugármelo todo contra tus “pares”. – Lo dijo despacio, regodeándose, lamiendo cada palabra. No quería acabar, prefería que todos llegaran a imaginarse la posible jugada que tenía antes de mostrarla.

-      ¡Me cago en la puta! ¡No me jodas! ¡Es capaz de llevar “dúplex”! – Paco fue el primero en imaginarlo.

Nacho se había puesto rojo y Luis miraba expectante a un Ramiro imperturbable.

Entonces Ramiro, sin esperar la respuesta de Nacho,  extendió su brazo sobre el tapate, ofreciendo la mano a su compañero en ademán de felicitarle porque habían hecho lo que habían podido. Notó cómo Luis se dejó invadir por la decepción y cómo Paco y Nacho casi resoplaban y, acto seguido, como en medio de un obligado ritual, inspiró profundamente y frunció los labios mientras tomaba el “chino” del “órdago” que había echado. Después, hablando muy despacio se dirigió a sus contrincantes.

-      Solo nos faltan tres –, y levantó su mano derecha llamando la atención para continuar –, sé que lleváis “juego”, pero nosotros no –, deliberadamente, tardó unos eternos segundos en articular el final de su frase –, y antes, lo siento mucho, ¡tenemos que contar estos tres! – acabó gritando mientras ponía boca arriba dos “cuatros” y dos “cincos” y abría los brazos exultante, provocando la sorpresa y una delirante alegría en Luis, y sembrando la frustración y el enfado en sus adversarios.

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